La Chon

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Al fin en audio la triste historia de La Chon y sus peripecias en la cárcel de Alcalá-Meco.

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Chasco

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Lo cual que ayer estaba yo en casita tan tranquilamente cuando llaman a la puerta y era la policí­a.
-Buenas ¿fulano de tal?
-Glups, digo, sí­.
-¿Tiene usted un coche así­ y asá aparcado en la calle tal?
-Cielosanto, digo, sí­.
-Pues que venga, que está lloviendo y se ha dejado una ventanilla abierta y se le va a inundar. Hemos intentado cerrarla, pero como es eléctrico si no tienes la llave no se puede.
Allá que me lleva el guardia en su coche hasta el mí­o para que no me moje, y cuando llegamos estaba el otro vigilándolo.
-Nos parece que está bien y no tiene signos de haber sido forzado o que hayan robado.
-No, efectivamente, parece estar bien y que no han robado nada. Muchas gracias.
-No hay de qué, buenas noches.
Me llama Manuela asustada porque las chicas de la tienda me habí­an visto salir con un guardia.
-Nada, que tení­a el coche una ventana abierta, para que la cerrase, no se fuera a mojar.
-¿Y estaba todo bien?
-Sí­, todo… bueno, alguien ha metido mano y se ha llevado la cajita de discos de música.
-¿Se han llevado los compacts?
-Sí­, nada más, ya grabaré otros…
-¡Ja jajajajajaaaaaaaaa!
-¿De qué te rí­es?
-¡Anda que cuando los hayan puesto y les hayan salido todos esos tangos, y boleros, y Joselito y Marisol y Conchita Piquer…!
-¡…y Pavarotti y Ella Fitgerald y Antonio Machí­n y Los Panchos…!
-¡Jajajajaaaaaa…!
-¡Jajajaja….!

El poder de la palabra

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Siendo yo chico estuve unos meses trabajando en una pequeña agencia de transportes, sita en un local de la calle Tarragona, en Zaragoza, propiedad de los hermanos Navarro, que luego prosperó mucho, porque era gente formal y muy trabajadora y abrieron ya gran lonja en las afueras (sí­, por eso me fui, porque eran muy trabajadores, claro). Ahí­ conocí­ a un tí­o suyo, el señor Silvestre, muy mayor, que echaba una mano en la vigilancia del negocio y en lo que hiciera falta. Este señor Silvestre era un singular personaje; no sabí­a contar ni calcular sino en vascuence, y cuando tení­amos que decirnos cifras y cantidades, o el número de un albarán, era más fácil enseñarlo que cantarlo. De joven habí­a sido carbonero por tierras guipuzcoanas o navarras (¡hostia, sí­, un olentzero!), y de por aquellas tierras me contó con prolijos y cómicos detalles, esta historia que os voy a narrar, si bien no podré alcanzar la sorna y la gracia con que me la refirió él.

Tal dí­a como hoy, festividad de San Sebastián, tuvo lugar el suceso que nos ocupa. Es preciso decir que este San Sebastián es santo y patrón muy predilecto de pueblos y ciudades de España y América, y su dí­a se celebra con gran pompa en buen número de lugares a uno y otro lado del Atlántico. San Sebastián era un centurión romano que se convirtió al cristianismo, y un césar de aquellos muy malo muy malo, lo mandó asaetear (como fusilar, porque era militar, pero a flechazo limpio) y así­ lo pintan y lo esculpen los artistas de siglos pretéritos, ligero de ropa, atado a un poste y lleno de flechas, o por lo menos, de agujeros. Igual por eso es un santo tan popular, porque era un militar muy buen mozo y exhibe su viril musculatura para contemplación y alboroto de beatas y novicias. Una vez que ya tenemos descrito al santo, es preciso describir el pueblo donde sucedió el tremendo hecho. Pues no ¡ea! no puedo describirlo porque no sé qué pueblo era, sólo que era un pueblillo en algún lugar indeterminado desde Guipúzcoa hasta el norte de Huesca, y que dicho pueblo estaba en perenne confrontación con otro pueblo bien cercano, por un quí­tame allá cualquier paja. La tí­pica historia de los pueblos vecinos que siempre andan riñendo. Aquí­, los mozos de una de las dos aldeas, iban cada año a la otra a reventarle las fiestas armando camorra en el baile, corriendo mejor las vaquillas, o levantándoles las novias a los lugareños. Se ve que llevaban ya varios años en los que estos sucesos se vení­an repitiendo con creciente contumacia. Cuando iba a ser el dí­a del patrón San Sebastián en este pueblo, los mozos del de al lado se juntaron para pensar (¡sin que sentase precedente, eh!) en cómo desbaratarles el evento. Y dieron con un plan poético y sutil, convinieron en mandar a un coplero, jotero o rapsoda, de los que entonces amenizaban fiestas y saraos con sus cantos y recitados, a que les estorbase la procesión; tan poético y sutil era el plan, que decidieron personarse también con garrotes y los bolsillos llenos de piedras, por si los otros no comprendí­an tanta sutileza.

Imagina el espectáculo. No, no, aprieta los ojos e imagina un poco más ¡hombre, no lo voy a poner yo todo! Veinte de enero, una aldehuela de las estribaciones pirenáicas, los tejados nevados, las calles heladas, las hierbas con escarcha, los niños con mocos… Por la estrecha calle Mayor, nieve y niebla, viene una serpiente humeante: la procesión, que, como un dragón exhala vapor por sus fauces (¡toma, qué cacho metáfora!) Delante el monaguillo aventando el incensario, que lleva cogido con ambas manos en vez de por la cadena, para calentárselas (un tí­o listo). Tras él, cuatro fornidos gañanes llevan en andas al santo, con sus carnes y sus flechas al aire. Luego, el cura, el alcalde, el cabo, y el resto del consistorio y todos los habitantes del pueblo, salvo los tullidos, los muy ancianos, y el boticario, claro, que es de la cáscara amarga. ¡Porque, contrariamente a lo que creen los de ciudad, las procesiones son para participar en ellas, y no para verlas pasar! Prosigo, que divago y me pierdo. Estábamos en que es todo blanco, y gris y pardo, suave suave, salvo el negro de las boinas. Se oyen apenas las pisadas crepitando en la dura nieve, y la salmodia monótona de las preces (¡preces, eh, qué rico vocabulario el mí­o, coño!). De pronto el monaguillo se detiene. Frente a él aparece un hombre con ropón negro que levanta los brazos invocando al santo. Tras él, pana en los cuerpos y fieltro hasta las cejas, los mozos del pueblo enemigo. El coplero, dejando parados y estupefactos a los procesionantes, alza la voz y declama:

¡Glorioso San Sebastián!
Si en un invierno tan crudo
te llevan por ahí­ desnudo…
¡en verano qué te harán!

¡Ayva dios! Los gañanes que tiran el santo a tomar por culo y se lanzan contra él; el monaguillo que le salta encima cascándole con el incensario en los morros; y el párroco que, al grito de “¡Hijos de puuuuutaaaaa!” enardece a su tropa mandándolos a la batalla campal contra los vecinos… Allí­ ardió Troya, la de dios es Cristo, la de san Quintí­n. Los garrotes machacaban costillas, las piedras explotaban dientes, las viejas perdí­an el moño, el cabo el tricornio, el boticario la ocasión, y cuentan que no se vio una igual por aquellas tierras desde que a Roldán le calentaran el morro siglos antes.

Lo cual refiero aquí­ para mejor ejemplo de convivencia y espejo en que se miren las generaciones venideras y escarmienten en cardenal ajeno, amén.

¡Hasta dónde llega el poder de la palabra!

La batalla de los ciegos

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Esta verí­dica y tremebunda historia, muestra de nuestras más ancestrales costumbres cazurras y espanto de afiliados a la ONCE, me la contó don Manuel Serrano Garcí­a, a la sazón suegro mí­o, guardia municipal de la I.C. de Zaragoza con grado de cabo y persona versadí­sima en la crónica local, en el anecdotario de la baturrada y el despatarre vernáculo.

Me refirió que, en indeterminados y oscuros tiempos de antes de la guerra, los ciegos no vendí­an el cupón aún, y se ganaban la vida como buena o malamente podí­an, los más tocándo músicas y pregonando romances por las esquinas, y dependiendo de la voluntad de las buenas gentes; y otros, caí­dos en mejor familia, con trabajos asequibles a su tara, como el trenzado de canastos, el deshuese de olivas y otros que requiriesen santa paciencia. Contome que por las esquinas de Zaragoza se juntaba a veces un cuarteto de estos ciegos, un matrimonio viejo y otros dos hombres más, que eran versados y hábiles en tañer y soplar varios instrumentos, a saber: un violí­n, un laúd, un cordión y un chiflo acompañado de su chicotén. Estos cuatro ciegos, a veces se juntaban para ir a tocar a meriendas y celebraciones, formando una orquestina, tocando ora juntos lo que se sabí­an todos, ora por separado y dando descanso uno o dos a los otros. Cómo conseguí­an que tan variopintos instrumentos sonaran parejos y acompasados es misterio que no hemos logrado desentrañar (supuesto caso que atinaran), pero seguramente los oyentes tampoco pretendí­an sino pegar cuatro agarrones a alguna moza entre los, más o menos, ruidos de polkas, valses y pasacalles.
Estos ciegos hací­an pórticos y fachadas de iglesias, como la de Santa Engracia o la de San Miguel o San Felipe y San Juan de los Panetes, y también se lucí­an por lugares como el mercado central, la Lonja o la plaza de toros. Así­ viví­an y se recogí­an en la ciudad casi todo el año, pero en verano salí­an de bolos. Sí­ señor, sí­, como lo oyen, hací­an galas como la Piquer. Y es que en verano se echaban a la carretera y solí­an aprovechar el buen tiempo para ir a los pueblos de la ribera del Jalón y a las Cinco Villas, donde estaban mirando crecer los trigos y las uvas, hasta que era época de la recogida, que remataban la faena, y volví­an a casa con los ahorros para mejor pasar los frí­os del invierno.
En una de estas deambulaciones acabaron yendo a parar a no sé qué pueblo donde fueron bien recibidos por la solterí­a, que instó a las fuerzas vivas del lugar a contratarlos para hacer baile en la plaza al atardecer. Ajustaron pues con el alcalde que cobrarí­an por aquella tarde y la mañana siguiente, que era domingo, después de misa, la cantidad de nueve pesetas cantantes y sonantes (luego se verá si cantaban y sonaban), a razón de dos por barba más una porque sí­.
Tañeron y soplaron los ciegos todo su repertorio y lo que les iban tarareando y fueron muy del agrado de la concurrencia, que los celebró a modo, regalándolos con vino abundante y llenándoles la andorga, y unos y otros se dieron por muy satisfechos del trato y el servicio cuando fue la hora de pasar factura y coger la carretera. Quedaron los ciegos en una esquina de la plaza esperando a recibir la paga, mientras escampaba la gente, e iba el alcalde a la casa consistorial a por las nueve pesetas. Y en esta tesitura estaban cuando, uno de los mozos, vigilado de lejos por otros de su peña que miraban desde la barrera sin perder ripio, se les acercó y les dijo que les iba a pagar.
-A ver, quién cobra -dijo.
Y mientras los ciegos se miraban (es un decir) y antes de que uno alargara la mano, el mismo mozo siguió hablando como si ya le hubieran contestado.
-Muy bien, usté mismo, pues vaya recibiendo y contando.
Y mientras hací­a como que le pagaba a uno de los ciegos, iba entrechocando dos pesetonas que llevaba una con otra de mano a mano como si estuviera depositando las monedas en mano de ellos.
-… ocho, nueve, y diez, hale, que nos han tenido muy contentos, que lo disfruten y otro año, ya saben, vuelvan por aquí­ que serán bien recibidos.
Dieron los ciegos las gracias y echaron a andar por el camino, seguidos de lejos y de puntillas por los mozos, que querí­an ver en qué paraba el asunto. Al poco y aún sin salir del pueblo, dijo uno de ellos que a ver quién habí­a cobrado, que a repartir. Y todos comenzaron a decir “Ah, pues yo no he sido”, y a subir el tono de voz, y a decir que “Ya empezamos…”, y que “Ya sabí­a yo que alguno tení­a que dar la nota”, y que “Eso no lo dirás por mí­”. Y subieron las voces, y subieron los bastones de los que se ayudaban para andar y zis, zas, empezaron a darse de palos y puñadas, y era de ver el buen tino que tení­an en alcanzarse en las narices y en cascarse los instrumentos a garrotazo limpio. Y en estas estuvieron buen rato para agravio de sus huesos y regocijo ajeno, hasta que sintieron las risas de los mozos que no pudieron contenerse más y explotaron en carcajadas.
Menos mal que llegó el alcalde a tiempo de evitar males mayores, y restañaron sus heridas y pagaron a los ciegos lo que era debido y los instrumentos echados a perder. Alguno de los mozos se vio en el calabozo ese dí­a y los siguientes y tocó multa a escote. Pero como decí­a Gila… “Anda, que lo que nos hemos reí­do…”

Sexo telefónico

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Estaba muy nervioso, pero al final me armé de valor. Sabí­a que tarde o temprano habí­a que hacerlo. Además, al fin y al cabo no deja de ser una cosa natural, el sexo es lo más natural de la vida. Sexo y naturaleza, cogiditos de la mano. Rubén es de confianza, y si me habí­a dado ese teléfono es que se trataba de alguien de fiar. Lo marqué. Sonó un par de veces y oí­ la voz de una mujer joven y agradable, parecí­a.
-¿Sí­?
-¿Natalia? – pregunté – soy Oz, me ha dado su teléfono Rubén, creo que le habrá dicho ya algo – Sí­ -titubeó un momento, como haciendo memoria – es verdad, me dijo que me llamarí­a.
Tras un embarazoso silencio que ninguno sabí­a cómo interrumpir, ella, al parecer más decidida que yo, dijo:
- Bueno, pues yo creo que lo mejor es que quedemos ¿no?
- Sí­, claro ¿cuándo le va bien?
- Tendrí­a que ser por la mañana, porque por la tarde ya viene mi marido con los niños del cole, y claro… con los niños delante no puede ser.
- Sí­, ya lo entiendo, serí­a embarazoso. ¿Quieres que yo vaya a tu casa? Podí­amos ir a algún lado si le parece mejor.
- No, no, prefiero en mi casa, es mejor así­.
- Pues nada, iré a su casa, aunque yo creí­a que esto lo podí­amos hacer en cualquier sitio, pero ya veo que en la casa de uno se está más recogido, menos distracciones, sí­…
- Eso es, en casa nos tomamos un café y estamos tranquilos y así­ no violentamos a nadie que nos pudiera ver por ahí­, algún conocido, porque estaremos un ratito, claro.
-S í­, eso es verdad. Yo es que es la primera vez que lo hago, ya veo que usted no, mejor así­, si ya tienes una experiencia.
- Jeje -dijo algo nerviosa – Y no te llueve.
- Bueno, Rubén le dirí­a que esto es gratis, vamos, sé que no es lo normal, pero yo no cobro nada por una cosa así­, no me parece bien. Si usted tiene una necesidad y yo la puedo satisfacer pues ya está, tampoco me cuesta.
- Yo se lo agradezco mucho. Y que le conste que tengo el certificado. Ningún problema de salud, y el momento y la edad son los oportunos… aunque eso no nos da garantí­as de fecundación.
- No, no las da, igual hay que repetirlo.
- Bien
- Bien
Ya estábamos los dos más distendidos.
- Se llama Morgan.
- Y la mí­a Linda, seguro que hacen buena pareja. Eso sí­, yo, de los cachorritos, me pido un macho, no quiero volver a tener perritos medio spaniel medio chucho callejero otra vez…

Bruto

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-Yo soy un profesional. Sí­, ya sé que se la trae floja, pero a mí­ no, para mí­ tiene su importancia. Usted, desde el lado legal de la justicia, se piensa que no soy más que un matón del tres al cuarto que no le importan más que el dinero que le pongan en la mano. Pero no, eso quiero que quede bien claro.
-Queda claro, no tengo más que verte la coronilla de santo para saber que me encuentro ante una hermanita de la caridad.
-Usted no tiene pruebas de nada, y si las tuviera no estarí­amos aquí­ tomando un café, sino que me tendrí­a en comisarí­a. Aún no sé qué quiere de mí­.
-Si quisiera, podrí­a hacerte la vida muy difí­cil, y tú lo sabes, de momento sólo quiero saber cómo trabajas, nada más.
-Ya, un apasionado de las biografí­as es usted.
-Fí­jate, y qué bien hablas…
-Tengo el graduado escolar, una cosa es que sea un bruto y otra que sea un tonto o un analfabeto.
-Lo de ser un bruto me interesa, sigue por ahí­ ¿con quién trabajas? porque tú trabajas para alguien.
-Trabajo para un par de agencias, no detectives, no, no de esos que se dedican a las infidelidades conyugales y a ver si el empleado que tienes de baja está realmente enfermo. Son gente seria, agencias de información comercial, llevan aseguradoras y se ocupan de temas de espionaje comercial, investigan a gente de confianza para puestos clave, esas cosas, todo muy serio. Pero… siempre hay algún cliente de posibles que necesita algún trabajo aparte.
-…aparte.
-Entonces me lo pasan a mí­, se limitan a dar mi número de móvil, ni siquiera se llevan una comisión, lo hacen sólo para tener un cliente contento, y supongo que para fidelizarlo. Yo hablo con el cliente y si el trabajo me cuadra lo cojo y si no, me olvido en cuanto cuelgo. Normalmente sólo se trata de asustar a alguien, o darle un escarmiento. Esta gente, los ricos, tienen hijos que por lo general son unos niños bonitos acostumbrados a hacer su santa voluntad, y claro, caen en manos de malas compañí­as, desde sectas hasta drogas, desde la niña bien que se echa un novio negro hasta el niño que tiene amores con un bailaor. O amantes indiscretas o competidores que juegan sucio, pero yo apenas necesito algo más que un nombre.
-Y tú les convences para que lo dejen.
-Yo les convenzo para que emigren a Madagascar, para que se pinten de blanco y para que se hagan cartujos si hace falta. Soy muy convincente. En lo mí­o, el mejor.
-¿Y si no quieren, les haces una oferta que no podrán rechazar?
-Dejémonos de hostias, si no me hacen caso acaban en el hospital con todos los huesos rotos y, créame, ninguno ha reincidido. Espero que no se desilusione al saber que el amor no puede superar las fracturas múltiples, y que hasta el interés económico se olvida en aras de una mejor salud.
-Y por supuesto, nunca te has pasado de rosca con nadie.
-No señor, ya le dije que soy un profesional, yo no mato a nadie. Además para qué, no es necesario, ya ve usted lo clarito que soy hablando y lo fácil que es entenderme, todos comprenden el mensaje a la primera y dejan lo que sea que tengan que dejar, un amante, una indiscreción, un chantaje… ni lo sé ni me importa. Todos ponen punto final y hacen la maleta. Aunque sigo sin saber el porqué de su interés por mí­, que yo sepa nunca se ha parado nadie a ponerme una denuncia, y dudo que tenga tan poco trabajo como para dedicarme su tiempo libre.
-¿Y nunca has tenido siquiera un fallo?
-Bueno, perfecto tampoco soy, una vez creo que dejé un poco cojo a uno. Y en otra ocasión a un cliente mí­o le tuvieron que extirpar un huevo, pero aún le quedó otro sano para seguir con su oficio… en algún paí­s lejano.
-Pues la próxima vez no es necesario que seas tan cuidadoso. Antes has dicho no sé qué de que yo estoy en el lado legal de la justicia, eso te ha quedado muy bonito. Verás, yo tengo una hija en la universidad y, mira por dónde, descubro que su novio está fichado por camello, y cómo puedo yo intervenir sin perder el amor de mi hija…
Oz©

El timo del empleo.

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Dí­a 1
…pues yo voy a ir a un anuncio que he visto en el periódico y he llamado y me han dicho que sí­, que vaya, que igual me cogen, hacen una entrevista y ahí­ pues ya te eligen o no, y chica, no piden estudios ni experiencia, que ya es algo, porque en todas partes te ponen la dichosa experiencia o los estudios que es una lata. Además es una cosa de venta, que yo para eso valgo, que ya sabes, chica, una public releisions que soy, para vender seguros, que mira, ya sabemos lo que es eso, pero digo yo que alguien tiene que venderlos, y que se ganará su dinerito ¿no? ¿por qué no puedo ser yo? Y es una firma seria, eh, vamos, conocida. Esta tarde voy, ya te contaré.

Dí­a 2
…¡y me han cogido, que sí­ que sí­ que sí­, tí­a! ¡Que me han cogido! Pues nada, me atendió una tí­a muy así­ muy en plan yupi, con traje sastre y muy profesional, y nada, me hizo unas preguntas, que las tení­a allí­, el currí­culum, vamos, y luego nada, no era un examen, vamos, era más bien que qué querí­a yo, que por qué habí­a llamado al anuncio, que si me veí­a vendiendo seguros, que si me daba cuenta de que era una actividad muy exigente, sí­, tí­a, actividad exigente dijo, y nada, yo que sí­, que voy muy decidida, que valgo para las ventas y tal y tal. Así­ que nada, me estuvo explicando que lo primero de todo nos dan un curso antes de salir a vender. Sí­, chica, todo muy americano, que el curso no lo pagan, pero que cuenta como prácticas para la cosa del paro, y que luego ya se va a comisión, que claro, a todo el mundo no pueden coger, son tres meses en prueba, sin horario fijo y a comisión; y luego ya cogen fijos… Sí­, esto ya lo poní­a en el anuncio, sí­, claro, ya me explicó que es que no pueden hacerle contrato a cualquiera y que luego no venda nada, que esto no es como estar en una tienda, que tiene que mover uno. No, no, eso ya me lo explicarán en el curso. Pues nada, chica, yo si veo que no en el curso pues lo dejo, total qué pierdo por hacerlo, algo aprenderé ¿no?

Dí­aS 3 y 4
…cantidad, tí­a, cantidad de papeles, chica, y libros que me tengo que leer, todos de márquetin y cosas así­, y cómo presentarse y tal y cómo hablarle a la gente según sean hombres o mujeres o su edad, ufs, cantidad, cantidad. Pues nada, nos ha dado como una conferencia un directivo, con la tí­a que me hizo la entrevista, que a otros se las hizo él, que me lo dijo uno que me ha tocado de compañero, muy majo, que trabajaba en venta telefónica antes. Y nada, el tí­o que nos ha explicado los seguros que vamos a vender, que la verdad es que están muy bien, chica, pero muy muy bien, ya verás, seguro que vendo, seguro. Y luego nos ha dicho lo de la comisión, que es lo que cobramos nosotros los primeros tres meses, la comisión, y que luego ya te cogen fijo y cobras el sueldo y además una comisión distinta y vendes otros seguros también, ya en oficina y tal. Yo lo he visto bien, eh, tanto vendes tanto cobras, lo malo es que al principio no vas a vender mucho, claro, pero tiene la ventaja de que vas a tu aire, te dan un sector de la ciudad y te explican cómo ir a las tiendas, a los comercios, a los profesionales, consultas de médicos y cosas así­. No, bueno, nos han explicado que tienen gente que hizo esto y que luego siguió así­ a comisión porque lo alternan con otras cosas y así­ complementan, y otros que se quedaron fijos, ella, la tí­a, nos ha explicado que ella entró así­, y ahora es coordinadora y tiene su despacho y todo, donde me recibió, y vende y además lleva a los nuevos, con el otro, con el tí­o. No, el tí­o era más mayor, muy arreglado, yo creo que se tiñe y todo, ufs.

Dí­a 5
…cansadita cansadita, de verdad, ufs, tengo los pies molidos de tanto andar p’aquí­ p’allá. No, sola no, iba con un compañero, que nos han puesto por parejas al principio, pero que vamos, podemos ir a nuestra bola, pero nada, no hemos hecho nada, más que dar vueltas. Pues la tí­a cuando hemos llegado de vací­o, que no hemos sido los únicos por lo visto, nos ha dicho que no nos preocupemos, que ya venderemos, que lo que tenemos que hacer es ir a alguna gente que conozcamos que les pueda interesar, a algún negocio o comercio de donde vivimos, que allí­ nos conocen, y que ahí­ probemos, y que cuando hemos vendido uno, igual por ahí­ salen las sinergias. Las sinergias, tí­a, que es cuando vendes un seguro a uno, y le preguntas si le puede interesar a su hermano o a algún socio o así­. No, de verdad, que los seguros que llevo están muy bien, y lo tengo todo muy bien explicado y con unos folletos muy chulos, de verdad. Lo que nos ha dejado caer es que, como nosotros tenemos una comisión, lo que podemos hacer es ceder al cliente una parte de esa comisión, y así­, como le hacemos una rebaja, es más fácil que pique. Pues igual hago eso. El veinte, me llevo el veinte… ¡pues claro que está muy bien, a que sí­! Pues igual lo hago, que si voy y rebajo un diez, aunque yo gane la mitad, pues mira, para empezar… y además así­ voy haciendo ventas, chica, para que me cojan fija.

Dí­a 6
…y adivina a quién más… no ¡a mi abuela! Sí­, sí­, a mi abuela, chica, pero un seguro muy bueno, eh, y rebajándole toda mi comisión. Claro, la pobre mujer qué me va a decir, pues me ha firmado encantada, que a ver si me sale bien y me coloco, que es un sitio muy bueno, y que además da gusto verme bien vestida. Sí­, claro, pues con la falda negra la de media pierna y una blusa que no me conoces, que me va muy bien, y la chaqueta. Sí­, tí­a, como la tí­a esa voy, bueno, igual igual no, pero casi. Pues mis padres encantados, bueno, mi madre no dice nada, pero mi padre encantado de verme ahí­ con el portafolios y vestida así­. ¡Y me ha dicho que él también me va a comprar un seguro, para la tienda! Ya verás, aunque sea con los parientes y los amigos, algo iré vendiendo, el caso es empezar, y que conste que hago ventas, a ellos qué más les da si son parientes o qué…

Dí­a X
…no sé, chica, ahora vengo de echar en el Corte Inglés para las ventas de navidad, ahí­ igual me llaman, y si entras, pues bueno, ya tienes una patita dentro. Yo tení­a esperanzas de que me cogieran en Zara, pero chica, yo creo que me dijeron que no porque no iba a caber en el uniforme, para mí­ que sólo tienen uniformes para anoréxicas. Nada, lo de los seguros como el rosario de la aurora, un timo, tí­a, no habí­a manera de vender un seguro a nadie nadie nadie, yo vendí­ los de los parientes, y el chico que iba conmigo lo mismo, sólo vendimos a los parientes, que nos los cogieron por hacernos el favor, claro. Yo no sé, pero el chico este me dijo que habí­a hablado con otros que estuvieron en nuestro curso y lo mismo, que sólo habí­an vendido seguros a los parientes, y sin comisión ni nada, todos igual. Para mí­ que eso lo tienen montado para coger a unos incautos, ilusionarlos y que vendan seguros a toda la parentela, y luego nosotros solitos nos vamos ¡claro, como no podemos vender nada más, ni nos cogen ni podemos vivir de las comisiones! Pues ya ves. Sí­, menos mal que no te vendí­ ninguno… Total, que en realidad el vendedor es el que te da el curso, y yo la clienta, que compraba seguros por cuenta de mi familia. Ya ves, chica, sí­, claro, se aprovechan de los parados, claro… oye, que mañana te llamo que me voy a lo del buzoneo. Ay, qué hartita estoy de andar por ahí­ con un saco de papelitos para buzonear, coño.

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