Paco, se ve que la postrera sombra,
lejos de ser postrera ha perdurado.
Se disimula el polvo enamorado
a escobazos debajo de la alfombra.
Amar sin más ni más ya nos asombra,
es algo secundario y mal mirado,
que en este trajinar acelerado
cuanto interviene amor ya no se nombra.
Nos impregna los poros una arenga
de inhóspita maldad, para quien tenga
un poco de razón, que descalabra.
Cuánta falta nos hace quien nos venga,
con la mágica voz de abracadabra,
a encender una luz con la palabra.
*Oz ©

Nunca le había dado tan fuerte. Estaba casi, casi seguro, de que esta vez era la buena, la definitiva. Nunca antes había sentido algo así por una mujer, tan profundo, tan placentero; nunca se había visto estableciendo un lazo de comunicación como el que tenía con Azucena. Eran almas gemelas.
Había llegado la hora de la prueba.
Conoció a Azucena, dónde si no, en la biblioteca del pueblo. En realidad la tenía vista, una mujer que no llamaba precisamente la atención, discreta, vistiendo vaqueros y blusas, vestiditos floreados que le daban un cierto aire antiguo, parecidos a aquellas enaguas que llevaban nuestras abuelas. Con sus gafas de concha y su pelo recogido era la imagen misma, estereotipada, de su propio oficio: maestra. Azucena, bien que mal, desasnaba a chicos y chicas en la escuela local, antes de que fueran al instituto. Y él, luego, en el instituto, procuraba encauzarlos hacia la formación profesional, para que salieran buenos fontaneros, cocineras o modistas y no engrosaran las filas de intelectuales con ínfulas y en el paro.
Había ido a buscar un libro de T.S. Eliot y, oh sorpresa, estaba cedido ¡desde cuándo había alguien interesado por la poesía en aquella aldea! Al principio le había fastidiado bastante, a Silvio le fascinaba la poesía y, sabedor de que carecía del don poético, escribía extensas y farragosas críticas poéticas que mandaba a sesudas revistas de círculos intelectuales y universidades, donde, a veces, se los publicaban, llenándole de merecido orgullo.
Le había fastidiado. Ahora estaba empeñado en un estudio sobre el funcionariado y la burocracia en la poesía y, claro, pensaba empezar por Eliot y Baudelaire. Se puso a mirar otros libros de poesía que había en el olvidado estante del rincón. Los había leído todos, todos los que no tenía en casa, claro. En casa tenía muchos más que la biblioteca pública. Les fue echando un vistazo y comprobó, sorprendido, que sólo había dos usarios que los leyeran: él mismo, y el socio número 50.
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El nefando crimen de las mandarinas.
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tema : amor, crimen, delincuencia, sexo

Expdte. G-2332/2003 Indagaciones preliminares. Homicidio en la persona de Pavía Huéscar, Ginés. Autora Céspedes Cantano, Dulcidia, esposa de la víctima.
Informe de los Agentes de la Policía Municipal C691 y H654 de patrulla en el coche Z-32.
Personados los agentes C691 y H654 en el domicilio conyugal de los citados, tras haber recibido llamada telefónica del vecino de planta de los mismos Ávarez Matute, Cosme, alertado por unas voces primero de pelea y luego de duelo en el piso frontero al suyo. Este vecino nos informa de que aproximadamente a las once de la noche, encontrándose dormido, es despertado por ruido de gritos procedentes de la casa de los vecinos, entre estos gritos dice destaca la voz de Dulcidia C.C. quien profiere amenazas a su marido de diversa híndole clase, entre ellas distingue las siguientes: “Hijoputa te voy a arrancar los huevos”, “Cabrón esta me la vas a pagar, os mato a ti y a esa pelángana” (desconociendo los agentes y el vecino el significado de “pelángana”, reflejamos aquí la palabra tal como parece sonar por si fuera de relevancia para el esclarecimiento de los hechos), “Te voy a meter las putas mandarinas por el culo y a esa por el coño”, “A esa traidora le voy a sacar los ojos y a ti, a ti te mato primero” “Cabrón”, “Hijo de siete leches”, etc, y otras de la misma híndole clase. Que del mismo modo, dice el vecino Cosme A.M. oía replicar a la víctima con voz ahogada y apenas ahudible “No es lo que tu te piensas Dulci”, “Te juro que no ha pasado nada”, y que después oyó un golpe violento, como cuando se rompe un cántaro, pero más fuerte, y un silencio, y que después la vecina Dulcidia C.C. se puso a llorar y a gritar “Hay Dios mío que lo he matado”, a continuación y siguiendo llorando “Haora voy a por tí perra, haora voy y te rajo como a éste” y que entonces, asustado, llamó al 092 dando parte.
Llamámos a la puerta de los actores, 3º Dcha, de donde se puede oír un sollozo entrecortado, identificándonos como Agentes de Policía, y nos abre la propia Dulcidia C.C. en bata y llorando, al tiempo que nos presenta las manos y nos pide que la llevemos presa diciéndonos que ha matado a su marido, y que la sujetemos o va ha matar también a una mujer a la que denomina “esa guarra”, y que posteriormente identificaremos como Engracia Cespedes Pujalte, prima de la autora. La requerimos para que nos muestre el paradero de su marido y nos conduce al dormitorio conyugal donde hayamos a la víctima, este está tendido en el suelo al pie de la cama, en posición de “decúbito prono”, con la rodilla izquierda doblada y el pie izquierdo sobre la cama, comprobamos que efectivamente parece muerto y llamamos al Sr. Juez y al Grupo de Homicidios, sin más tocar ni alterar el escenario del crímen.
Informe pericial preliminar del forense Dr. García de las Gándaras, Aurelio, en el escenario de los hechos.
La víctima es un hombre de 55 años, de unos 80kg de peso y 163 cm de altura, sin rasgos físicos reseñables, presenta herida contusa en el lóbulo parietal izquierdo, con fractura del mismo, que también parece afectar al frontal, con rasgadura epidérmica, derrame de masa encefálica y sin apenas hemorragia. Esta herida es sin duda la causante de la muerte. Presenta así mismo arañazos y hematomas recientes en torso, brazos y abdomen, de pronóstico leve. Todavía no acusa rigor mortis y la temperatura del hígado es de 35’9º, por lo que la muerte se ha producido en un lapso de tiempo no superior a una hora, en las condiciones ambientales existentes. La víctima está desnudo de cintura para abajo, viste camiseta de tirantes blanca y calcetines marrones. El arma que causó la muerte parece ser un crucifijo con brazos de bronce y efigie de lo que puede ser plata o alpaca, y pie de madera negra; este crucifijo se halla en el suelo junto al cadáver y tiene el lado derecho (visto de frente) manchado de sangre. La víctima mantiene el pene semierecto, lo que puede indicar que en el momento de la muerte estuviera manteniendo relación sexual que fue interrumpida bruscamente con el fallecimiento. Conjeturo, a falta de mejor probación forense, que le fue asestado un golpe teniendo el crucifijo con la mano derecha en la sien izquierda, y en trayectoria derecha-izquierda, puede ser que por una persona diestra estando de frente, o por una zurda que lo tuviera de espaldas, todavía no puedo precisar.

Informe preliminar del Agente ZI-788 del Grupo de Homicidios.
Personado por orden del Sr. Subcomisario Argensola en el domicilio de Engracia Cespedes Pujalte, de 45 años de edad, en calle Cáceres esquina a Puente Virrey, cercano unos cien metros del lugar de los hechos, inquiero por dicha persona. í‰sta me recibe en compañía de su esposo Goloso Espún, Amancio. Preguntada sobre si está al corriente de los hechos ésta me dice que no y muestra sorpresa, a mi juicio real. Preguntada sobre si tuvo tratos con la víctima o su esposa, prima de la interrogada, el día de los hechos dice que sí, que se reunió con ambos en casa de ambos, como solía hacer a menudo ya que le une gran amistad con ambos, y que su prima Dulcidia C.C. la tarde de autos sobre las cinco de la tarde la obsequió con una cesta de mandarinas, que la gustan mucho a la interrogada, y que estuvo en casa de la víctima comiendo mandarinas y viendo los toros. Que mientras estaba viendo los toros con la víctima y la autora, ésta, la autora, dijo que tenía que salir porque había quedado para ir a la iglesia de San Nicolás con dos amigas suyas, llamadas Genobeba Cobos (y no sabe el segundo apellido), y Melchora (y no sabe los apellidos pero que tiene una mercería en la calle San José casi esquina con “el camino de las Alcachoferas” (que no viene en el callejero-) y que van cada lunes a visitar a ese santo. Que la autora salió de casa sobre las cinco y media y la interrogada y la víctima vieron los toros y tras ello, la interrogada volvió a su casa de inmediato, de donde ya no salió. La interrogada manifiesta y declara que sólo estuvo viendo los toros, y comiendo mandarinas, y que dejó a la víctima en buen estado de salud, y que sólo le unía a la víctima el lazo familiar con su prima y una buena relación por ser la víctima hombre de natural pacífico y amable. El esposo de la interrogada, Amancio G.E. manifiesta haber estado trabajando hasta las nueve de la noche en el taller mecánico “Garage Hnos. López” en el Barrio de Las Fuentes. Al advertir que entre la interrogada y su marido hay miradas y expresiones sospechosas, insisto en que quiero interrogar a la mujer a solas sin la presencia del marido, alegando que he de preguntarle determinadas intimidades sobre su prima. Ausente el marido, pregunto a la interrogada si cortó alguien alguna oreja en la corrida, y la interrogada se echa a llorar y confiesa que lo de comer mandarinas es cierto pero lo de ver los toros, sólo vio el primero, y que luego yació con la víctima, con quien venía manteniendo una relación oculta a los ojos de sus respectivos cónyuges desde hacía algo más de un año, aunque de manera esporádica, o sea, según ella, a salto de mata cuando podían escaparse de los otros dos. Seguir leyendo… »




