La sillica

Esta es Ofelia, la primera ví­ctima de la interfecta.
Tení­as una sillita de madera muy bonita. Al principio no te separabas de ella ni al sol ni a sombra; ibas por toda la casa con la silla a rastras como Charlie Rivel, no tanto para sentarte como para poder acceder a todo aquello que, por tu enanez, te estaba vedado. Sobre todo te era imprescindible para poder lavarte en el lavabo, y al decir lavarte debe entenderse jugar con el jabón y salpicar a todo lo que se hallara a menos de tres metros en rededor tuyo.
Aconteció pues un dí­a, que andabas trajinando con el tetrápodo artilugio, que mamá te llamó al orden y te dijo que la guardaras en tu habitación. Apenas habí­as acabado de dejarla junto ala puerta de tu cubil, yo la cogí­ y la llevé al comedor para darte en ella tu habitual pitanza. Pero mamá te dijo que antes te lavaras las manos, así­ que, toda decidida, te dirigiste a tu cuarto a coger la silla para auparte. Yo, al verlo, te dije que la silla estaba en el comedor; pero tú, convencida de lo contrario, continuaste impertérrita hacia tu habitación. Lo que sigue se desarrolló más o menos de la siguiente forma:
-¿Anone etá a sillica?
-En el comedor, ve a buscarla, que allí­ está.
Fuiste corriendo, te asomaste desde la puerta, y no la viste porque la tapaba la mesa. Así­ que volviste a la carga.
-¿Anone etá a sillica?
-Te he dicho que en el comedor, Curri.
-No etá a comedó.
-Que sí­, que la acabo de llevar.
Y tú, por toda respuesta, abriste la puerta de una habitación y te liaste a mirar hasta debajo de la cama.
-Que aquí­ no esta, chica -te dije- no seas tozuda, que está en el comedor.
-Que no, chico.
Y entraste a saco en el cuarto de baño.
-No etá aquí­.
-En el comedor.
Y me respondiste:
-¿Etá en el cuato a papás?
Dicho y hecho, entrste en el dormitorio, rebuscando tras las cortinas, y al cabo saliste toda ceñuda. Como yo te miraba con aire escéptico no esperaste a que te dijera nada, y me espetaste a voz en grito.
-¡Etá a cosina!
-Bueno, pues mira en la cocina, cabeza cuadrada, pero está en el comedor.
Entraste en la cocina, te la repasaste y me dijiste:
-En el comedó no etá.
Y te cruzaste de brazos, como el enano Cascarrabias, en plan desafiante. Así­ que te cogí­ de la manita y te conduje a la entrada del comedor.
-Hala, rica, convéncete de si está la silla o no de una vez.
Miraste por encima, como la primera vez.
-¡Ves, no etá aquí­!
-¿No está aquí­, cabezona? Ven, mira.
Y dando la vuelta a la mesa te coloqué a metro y medio de la silla. Allí­ estaba la sillita, con tu gorra azul de visera colgando de ella, y allí­ estabas tú, mirándome como quien mira al vací­o, y sin hacer el más mí­nimo caso de la silla. Como si no estuviera.
-¿Esto qué es, eh?
-¿E qué?
-Esto -te dije cogiéndote de la mano y haciéndote señalar la silla.
-Eto… una gora.
-¡Una gorra! -exclamé fuera de mí­- ¡Qué gorra ni qué narices, lo que hay debajo de la gorra, niña!
Y esta vez te hice tocar la silla con tu dedito.
-¡Esto!
-Eto… no cé.
No lo sabí­as. Allí­ me dejaste, sin habla, agachado, en medio del comedor, apoyado en la silla, mientras tú te dabas media vuelta, tan bonitamente, y te alejabas dando saltitos y cantando alegre el «Niño niño» como si aquí­ no hubiera pasado nada.

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