Pacita



-Pacita, hija, tráeme el chal
Y allá que iba Mari Paz, china chana china chana, arrastrando las pantuflas con forma de perrito lanudo, con dos bayetas debajo para no manchar el piso recién encerado, a ponerle el chal a mamá.
-Sí­, échamelo por los hombros.
-¿Te pongo un cojí­n, mamá?
-Ay, hija, Pacita, qué serí­a de mí­ sin ti. Cuando me vaya te vas a quedar muy ancha, hija, pero muy ancha, mira que te doy quehacer.
-Mamá, no digas tontadas, anda ¿te pongo ya la tele?
Y yo qué haré… y yo qué haré, pues yo qué sé, me compraré un perro, o me haré de una oenegé, o me echaré al chat, que dicen que es muy pecaminoso… Novio me tení­a que echar, caray, un novio es lo que me hace falta. Al menos en parte. Jaaaaaa, en esa parte. Ay madre, que mal voy yo de la cuestión sexual, joder. Un perrito. Pero luego qué hago yo cuando vaya a trabajar, y con la de horas que hago algunos dí­as… mejor un gatito, los gatos se apañan muy bien en la casa. Ya dicen que los perros son del amo y los gatos de la casa. Pues un gato. Así­ cambio mi habitación por la de mamá y le puedo poner un sitio para él en la de los trastos, sacando mi cama. Pero hay que ver… si mamá no se ha muerto, y yo qué haré el dí­a que se muera mamá… pues seguir, y hacer de mi capa una minifalda, caramba, que se me va a pasar el arroz aquí­ cuidando a mamá. Cuarenta. Se dice pronto, pero cuarenta. Y aquí­ con mamá y con O.T. Vamos que si se me ha pasado…


Pacita iba y vení­a, de casa al trabajo, del trabajo a casa. Qué vida esta. O sea: esa. Saliendo los domingos con Pilar y Pilar al cine, a merendar, a dar un paseo. Vaya trí­o formaban, qué dos pilares en que sostenerse, una cincuentona que, se dice, no conoció varón, y otra cuarentona y pico que tuvo un novio de aquellos largos que no se acababa nunca, y que al final se fue con otra. Un amigo mí­o pintor que las veí­a pasar desde su ventana las llamaba «Las tres Desgracias». Apostaba él a que no podí­a ser que anduvieran solas esas tres, colocadas, finas, decentes. Guapas no, eso no, y seguramente no hábiles en materia lechal. (¿Lechal? Sí­, coño, del lecho, pero en plan guarro. Ah, bueno) Algún sudamericano necesitado vendrá y se las ligará, seguro. Pero ca, el sudamericano necesitado no se acercaba por aquel poblacho, y si caí­a alguno, pillaba una casada de esas que matrimoniaron en su dí­a por agarrarse a un clavo ardiendo, que plantaba a su medio limón y se iba con el caribeño. Y es que en este pueblo se está yendo el personal, no nacen crí­os, que te lo digo yo. (¿Pero ahora quién habla? ¡Y yo qué sé: uno! Joer, qué genio tiene el puñetero escribidor este…)
-Mari Paz, tú lo que tienes que hacer es entrarle a ese nuevo que tenéis en el almacén.
-¿El nuevo, cuál, el moreno?
-Sí­, eso, hazte la despistada -Pilar la seca era la audaz y la tremenda del grupo, la que serí­a capaz hasta de sacar a uno a bailar, y siempre la que introducí­a en la conversación los delicados temas del corazón- Que no te has fijado tú en el culito que le marca el mono ni nada.
-Yo no me fijo en esas cosas, o no deberí­a fijarme, que soy una doncella púber.
-Y mártir. Anda chica, tú éntrale.

-Es algo mayor ¿no? – Esta era la otra Pilar, la desparramada de carnes, de la que decí­an sus amigas cuando hablaban entre ellas que se sujetaba las tetas con la goma de las bragas, y que propendí­a a sacar defectos a todos los hombres. El principal de los cuales era el que no le hací­an ningún caso. -Ese seguro que tiene alguna. Si es un recién llegado al pueblo, de los que vienen del paro. Que le entres y te corresponda, puede, pero no te hagas ilusiones. Ese cualquier dí­a, cuando se asiente aquí­, se trae alguna fulana que tendrá en Madrid o donde sea. Y eso si no se trae a la señora y media docena de nenes.
-Que no, mujer, que es divorciado, que tengo yo su ficha. Y con un hijo sargento, que está en Kosovo o por ahí­.
-Huy, pues sí­ que es mayor, sí­. Yo no le hací­a tan mayor -Dijo Pilar dejando ver por entre los dientes un cacho de pan con anchoa a medio masticar- Entonces es que está bien conservado.
-Sí­, en alcohol -Dijo la otra Pilar- Porque sé de buena tinta que más de una noche, cuando va a la pensión, la calle es poco ancha para él, que va de acera a acera.
-¿Y tú qué haces cotorreando por la ventana, cotorra, más que cotorra?
-La verdad es que el otro dí­a entré al taller y allí­ estaba él. Es muy guapo, eso sí­, muy macizote, se le ve un hombre sano..
-Por si acaso toma precauciones. Gomitas.
-…calla, boba, y en cuanto me vio enseguida vino, limpiándose las manos, se le ve muy limpio, muy atildado, y me sonrió mucho, vamos, yo creo que se alegró de verme.
-¿Eso que llevas en el bolsillo es la llave inglesa o es que…
-…que te calles, boba, y estuvo muy amable. Y cuando ya me iba… no sé, yo creo que le noté algo, como si me fuera a decir algo y no se atreviera.
-¡Ay, hija, qué tontina eres! -Pilar la seca se desquiciaba con ella- En un caso así­ es cuando te tuerces el tacón y haces como que te caes y él te sujeta.
-¡Pero qué me voy a torcer el tacón si allí­ voy con zapato plano, bueno está el taller para llevar tacones, y como me coja alguno, adiós vestido, que llevan más grasaza que el grano de esta.
-Oye, deja mi grano en paz que no te ha hecho nada.
-A mí­ sí­, revolverme el estómago, anda déjame que te lo reviente…
-¡Reviéntate un pezón si te da lo mismo!
Y con estas y otras disquisiciones filosóficas fueron llegando cada una a su portal y despidiéndose hasta mañana para ir a tomar otra cañita y otra anchoa. Que no se diga que porque son las solteronas de pueblo no pueden ir a un bar si se les apetece, pues faltarí­a más. Ni que fuéramos moros.

Lo cual que al dí­a siguiente cascó la mamá de Pacita (que me llames Maripaz que es mi nombre. Hala, hasta ella se mete aquí­ ¿podré escribir tranquilo?). Lloró, lo sintió, pero como algo que tení­a que pasar y que no le cogí­a desprevenida.
-Eso es algo que le sentarí­a mal, aunque comí­a la pobre como un pajarito, un caldito, una tortillita…
-…una chorradita de aní­s.
-Ay, calla, chica, mujer, que te van a oí­r y bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto…
-El fruto de su vientre está muy entera, eh, yo me la imaginaba más descompuesta, mira, pero no, menos mal, hija, que no le ha dado un ataque de histeria.
-Como el que te dio a ti cuando se murió tu madre, ya.
-¿Y qué hará ahora en esa casa tan grande y sola?
-Pues lo que tú y lo que yo.
-¿Tú crees?
-Mira, por si acaso, lo mejor será que tomemos nosotras la iniciativa. Y cuanto antes mejor.
Y dos dí­as más tarde, como quien no quiere la cosa, le endosaron un gato a Pac… Maripaz, (bien) que así­ al pronto lo recibió con ilusión.
p-Huy qué mono es, es un amor.
-Es una amora, amor no habí­a. Pero mejor, que los machos huelen mal y se van por ahí­ de pendoneo por los tejados. Como los hombres.
-Mujer, los hombres no se van por los tejados.
-Ja. No serí­a el primero que veo yo escapando por el que da al corral del de la farmacia.
-¿Sí­? Cuenta, cuenta.
Cuando se fueron las dos se puso a pensar que así­ de pronto era como cuando a los caballeros les daban el espaldarazo: te nombro solterona de las de con gato. Le buscó su tabla, compró su serrí­n, la vacunó, y emprendió una nueva vida como mujer sola.
-Gracias a vosotras dos ahora puedo jugar con una minina.
-Jijijiji…
-Ahora sólo falta que te pongas el canal plus para ver las pelis porno sin que tengas que ir a alquilarlas al video club y se entere todo el pueblo, como hace esta.
-¡Toma, y tú!
-¡Ya me has descubierto! Pero seguro que no te perdiste la del Rocco de la semana pasada.
-Huy hija, el Rocco, eso es un hombre, uf, qué calores me dan sólo de pensarlo. Y que no venga por aquí­ a buscar exteriores o algo…
-O interiores.
-Eso.

-Minina, Mininaaa… -Lo pongo con mayúscula porque es que la gata se quedó con ese nombre, y la verdad es que resultó ser una gata cariñosa, dócil y bien educada. Maripaz estaba encantada con ella, no le daba quehaceres y en cuanto asomaba por la puerta, zas, ya la tení­a encima haciéndole arrumacos, que es lo que se espera de un gato casero. Sólo tení­a con ella un problema…
-Es que os vais a reí­r…
-Venga dí­noslo, que nos tienes en ascuas.
-Pues que la Minina se ha echado novio.
-¡Toma ya! Pero si no sale de casa, y a tu terraza no sé yo de dónde van a poder llegar los gatos.
-No, no… que se ha echado novio dentro de casa.
-No entiendo nada. Y esta tampoco, aunque no te lo dice porque está muy atareada con eso que lleva en la boca, a ver… sí­, salchichón parece.
-Qué guarra eres comiendo, joder. Pues que se ha enamorado de una de mis zapatillas.
-¡Bo foas! -dijo la de la boca llena.
-¿Esas que son como perritos lanudos?
– Pues de la del pie derecho, a la otra no le hace caso.
-Es la monda. Claro, el animalito no conoce ningún otro de su especie, y como los ve moverse, se cree que son como ella, y hasta elige.
-Zchijcas ¿ofs ajcorbáis de mi Nifcol?
-Traga.
-Que si os acordáis de mi Ní­col, el perrito que tuve que lo pilló un tren. Pues ese le hací­a el amor a mi camisón de raso.
-Otra que tal…
-En serio, cuando me lo poní­a, si me sentaba, enseguida vení­a, se me subí­a con la cabecita en las rodillas puesto de pie, como era tan enano, y se restregaba contra mis pantorrillas venga y dale. Le poní­a el raso aquel. Ya sabéis lo pesaditos que son.
-No, no sé, o se me ha olvidado. Ah, los perros… De todas formas -Dijo Pilar la sequilla, que, como queda dicho, era ducha en lo tocante a las artes venéreas subliminales- cuando se ponga en celo verás qué pesadita.
-Sí­, como tú.
-O como tú.
-O como tú.

Una noche, cuando llegó a casa, se descalzó, y echó en falta la zapatilla del pie derecho. La Minina, claro, dónde estará. Estaba debajo de la cama y no querí­a soltar al novio la condenada. Trae, que salgas de ahí­ te digo, coño la puñetera gata ¿qué te pasa?. Y la gata maullaba quedo, bajito bajito, con un quejido que era como un llanto de bebé. Frotaba su cara contra la del perro de la zapatilla, se le subí­a, arqueaba el lomo. Maripaz, sentada, no se atreví­a a molestar al animalito, y la dejaba hacer, interesada en ver en qué paraba el celo de la gata. E iba y vení­a y todo era frotarse contra la zapatilla, con un mimo, con un cariño, que parecí­a inteligente, y no propio de un animal irracional. Maripaz, se emocionaba viendo esas muestras que, aunque meramente instintivas, le parecí­an de amor. En una de estas, el animalito, se volvió de espaldas a la zapatilla, alzó el rabo, y con un maullido agudo, le mostró el sexo abierto y húmedo de color rosa, y agachando las patas traseras se pegaba al peluche. Y Maripaz, sin saber cómo, en un arrebato compasivo, se vio a sí­ misma agachándose… e introdujo con mucho cuidado su dedo í­ndice en el sexo de la gata. Esta se quedó rí­gida un instante, sintió la tensión de sus músculos, una vibración interna, algo que le decí­a que el animal estaba siendo colmado en su apetito. Oyó un maullido distinto, largo, grave, que se prolongó durante lo que le pareció mucho tiempo. Y al cabo, la gata se separó poco a poco, muy poco a poco de su dedo í­ndice y caminó con suavidad, paso a paso, como ordenando el movimiento a una pata cada vez. Fue a su cojí­n, se tendió de lado y permaneció con los ojos cerrados, y pies y manos estirados como en un desperezo. Maripaz, imitando los movimientos de su gata se acercó lentamente a su cama, se dejó caer y sin desnudarse siquiera, metió la mano por debajo de sus bragas y se masturbó. Pasó toda la noche llorando.

-Este es Estanis, venid, que os presento. Pilar y Pilar.
-Mucho gusto.
-Encantadas, para nosotras un amigo de Pacita es amigo nuestro también.
-¿Así­ que os habéis conocido en la playa? Esta es una desapresiva y una huraña, que de vez en cuando desaparece y cuando vuelve, hala, que ha estado en un crucero o sabe dios dónde y no nos ha dicho nada.
-Gusto de conoserlas, son muy amablas.
-Huy fí­jate, y lo bien que habla ya el español.
-Bueno, se va defendiendo. Yo le enseño, pero es muy aplicado.
-Yo ahora voy a academia, ya llegarí­a tarde. Adiós y gusto de conoserlas. Hasta luego prinsesa.
-A que es un cielo. Y tan atento y educado. Bueno, soltadlo ya, brujas, que vais a explotar si no.
Y el dúo pilarí­stico atropellándose empezaron.
– Hay que joderse el moreno qué dientes tiene, como lo tenga todo igual de grande… ¿Chica este te durará o te casarás y cuando tenga la nacionalidad si te he visto no me acuerdo?
-Pues a mí­ me han dicho que estos morenos…
-Negros, leche, que es negro.
-Que estos negros son muy formales y trabajadores, no como los moros.
-Este trabaja mucho, en el chiringuito de la playa lo querí­an mucho, vamos, el jefe querí­a hasta hacerle los papeles y pagárselos.
-Ya te digo. Pues chica, has hecho muy requetebién. Esta ya te va a preguntar si tiene hermanos o primos y qué hay que hacer para traérselos, que aquí­ el ganao nacional no da para más, guapita.
-Y tanto. Yo me apunto ya.
-¡A mí­ que me pongan dos! ¡Ja ja ja!
-¡Ja ja ja!
-Ja ja ja… lo que me extraña es que aún no me hayáis preguntado si es verdad lo de los negros…
-Huy sí­, me come la curiosidad.
-Y a mí­, y a mí­, dí­melo de una vez que ardo en deseos de saberlo. Desvélame esta intriga que me desasosiega. Dime… ¿de qué color tienen la caspa?
Tomás Galindo ®

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