No fui yo

No fui yo quien la alumbró en la noche,
la llevó a casa de madrugada entre sombras bailando,
oscuros corredores de indistinguibles ruidos,
adoquines brillantes sin luna y sin estrellas.
No fui yo quien la besó en la boca
y se dejó besar tan blandamente, tan cerrados los ojos,
tan ardiente y despeinada
y la boca borrada en un carmín corrido.
No fui yo quien la miró subir, sus piernas
tan largas que llegaban hasta el cielo,
la quebradiza cintura en la penumbra,
la ceñidas caderas,
la silueta de fruta de su pecho al volverse
y mirar atrás y abajo invitadora, incitadora, iniciadora.
No, no fui yo quien se envolvió con ella
en el lienzo blanquecino que dibujó la ventana abierta,
no fui quien le envolvió los muslos con los muslos,
no fui yo quien le sacó el gemido que llevaba
atorado en la garganta tanto tiempo.
No fui yo quien le encendió el cigarrillo,
sirvió el vino en el vaso, le enjabonó la espalda,
le tendió la toalla y la mirada
franca, desnuda, disponible.
No fui yo quien la mató despacio sorbiéndole el aliento
con la rabia reptil que tienen los amos,
con la furia del niño que destroza su castillo de arena.
Yo solo fui quien la lloró y la llora.

Tomás Galindo ©

Soy paralelo. No confluyo.

Soy paralelo.
No confluyo.
Lo tengo comprobado.
Por más que me estiro en el tiempo, por más que avanzo,
por más que camino y camino junto a la gente no acabo de juntarme a ella.
Dice la norma matemática que en el infinito
pero yo al infinito, fuera de lo matemático, lo llamo lo imposible.
Así voy: al lado pero sin integrarme en el confuso enunciado de gente.
Al menos visto desde mis ojos.
Señalo todo esto a modo de curiosidad, no es que me importe.
En realidad no sé si me gusta la gente.
Ni si me disgusta.
Simplemente no sé
si si gustar la gente es un concepto que puede expresar una verdad
o si simplemente es una forma de hablar que no va más allá de la voz
y no representa un pensamiento real.
Me gusta la naturaleza.
Eso es una certeza.
Pero ¿me gusta la naturaleza?
Es algo que veo con claridad.
¿Eso significa que me gusta que me piquen los mosquitos,
que las ortigas me produzcan sarpullido,
que la tormenta me llene de barro y me deje aterido y espantado?
Cómo va a gustarme lo que me atemoriza y daña.
Porque la naturaleza es lo que es y no piensa en mi comodidad o mi salud.
En principio parece que la naturaleza piensa en mí,
me da el olor
ese olor indescriptible, ancho, que entra con el aire
pero también por la vista y la piel de las mejillas frescas;
me da lo inabarcable del azul,
la confusión de líneas y colores,
la población de sus habitantes con una mente común, simple,
ejemplar en su equilibrio.
Y entonces sí pienso que la naturaleza es una diosa gentil que me da todo eso pensando en mí.
Y me quedo como un niño balbuceante,
contrariado cuando le niegan una mañanita de solana para volar cometas
y le castigan con un acerado vendaval lluvioso y helador.
Entonces la naturaleza es esa maestra antipática que te manda al rincón de pensar.
Eso no me gusta.
Entonces ¿no me gusta la naturaleza?
Veo que la naturaleza comprende, abarca, lo que me gusta y lo que no me gusta.
Y quizá lo que no me gusta de la naturaleza sea lo que hace que yo me pueda entender a mí mismo.
Y entender las líneas paralelas.
Quizá voy en paralelo, quizá hasta en la misma dirección,
quizá por la misma calle.
Pero mi paso es mi paso y yo soy capaz de advertirlo separadamente del ruido de los demás,
del tránsito, del tráfago.
Hay algo de paz en ir en paralelo.
No puedo decir que no me gusta la gente, algunas personas me gustan,
algunas personas me gustan siempre,
en algún momento me gustan muchas personas,
en la mayoría (de las personas, de los momentos) no pienso nunca.
Elijo un lugar al azar, uno lejano en la geografía: Oceanía
¿he de pensar, interesarme, preocuparme, por la gente de Oceanía?
¿Son más lejanos a mí que ese individuo con el que me cruzo por la calle y al que tampoco conozco?
¿Qué hace más próximo a mí a alguien de mi vecindad que alguien antípoda?
¿Las afinidades personales se pueden reducir a lo geográfico?
¿Importa, por lo tanto, que la gente me importe si es una cuestión de metros o kilómetros?
¿Y si me tiene que importar hay una escala de gradación para que unos me importen más que otros?
¿En función de qué?
¿Al final no sería eso decir que es más importante una persona que otra según mi propio gusto?
¿Y si una persona puede ser más importante que otra según mi preferencia
no es eso más que otra boca del abismo por el que la humanidad desciende a sus infiernos?
¿No deberían parecerme e importarme igual todas las personas por una cuestión de higiene moral?
¿No son demasiadas preguntas para hablar de a dónde se dirige la humanidad
en sentido geométrico ni en sentido filosófico?
¿Existe la humanidad como existe el bosque,
es decir, como un concepto gramático inventado por el hombre
como si un bosque no fuera un árbol y otro árbol y otro y otro árbol,
y nosotros no los consideramos árboles sino otra cosa que no saben que son
y que, en suma, no son?
Me gusta la geometría, es más verdadera que la gramática,
incluso que la matemática, tan conceptualmente alterable,
en geometría no se suman peras y manzanas
pero tampoco se suma una pera y otra pera si van en distinta dirección
porque son insumables.
Al final si se nos compara con peras se nos comprende mejor que si se nos compara con dioses,
graves conceptos filosóficos, trampas del lenguaje.
El lenguaje es una trampa donde los incautos dejan las líneas abiertas
y descubren las cerradas, los círculos, los polígonos,
que sin principio ni fin se contienen a sí mismos.
El pensamiento sin el lenguaje avanza, quizá no rectamente,
quizá de forma sinuosa, ni en el mismo plano,
e pur si muove.
¿Has visto a los rumiantes? Parece que hablan.
¿Has visto a los que hablan? Parecen rumiantes.
A los que se mueven apenas se les puede ver y nunca se les ve bien.
Es lo que tiene el movimiento, que no se define como la palabra estática.
Uno hace, uno piensa, uno inventa, y aún no existe la palabra que lo dice.
Lo nuevo, lo recién creado, aún no tiene voz.
Luego es la palabra la que lastra la idea, le pone condiciones, adornos, cremalleras,
pero cuando está pensándose… ¡qué libre mariposa el pensamiento,
qué pompa de jabón colorida la idea creándose!
Y la gente, esos que van en paralelo a mí, cargados de libros, de palabras,
de palabras, de palabras, tan definidores.
Mira un rayo, nadie sabía lo que era hasta que lo vio.
Y al ver un rayo lo llamaron rayo.
Pero es que ahora ven otro rayo, uno distinto, uno nuevo, que no es el primero que existió…
y lo llaman rayo. Como aquel.
Pero es otro.
Debería tener otro nombre: es otro.
La palabra es ante todo y sobre todo una forma de engaño.
Coge una palabra, ábrela en canal, arráncale la piel,
verás que no tiene vísceras ni sangre ni músculo
que es solo el envoltorio de algo pero no es ese algo.
Así estamos comunicándonos no con cosas y conceptos sino con mentiras,
con peladuras, envoltorios, cáscaras.
Cómo puede una persona decir algo a otra usando tan imperfecta herramienta,
por fuerza ha de equivocar lo que dice y la otra equivocar lo que oye
y del habla nace el error, lo negativo, la disputa.
Si fuera una transfusión de sangre en vez de un verbo dos personas no discutirían.
Si fuera un coito, un beso, en vez de un adverbio o una preposición,
se sabría la saliva o el semen como no se llega a saber el contrato escrito y firmado.
Así temo referirme a los otros y de los otros
como temo la picadura de los mosquitos o la insolación
o me alcance un rayo y me mate
(y lo llamo rayo para que tú me entiendas,
porque yo ya lo pienso desnudo de toda etiqueta humana).
Así temo ir entre otros y que quiera decir pera y entiendan pero,
o que me digan pero y abra las manos y saque la navajita para pelarlo.
Y así voy con la gente,
pero sin la gente,
sin confluir,
sin saber cómo puede verme desde lo alto la lechuza del campanario
y si pensará en mí como una persona
o como bosque.

Tomás Galindo ©

¿Quién quiere más?

Aquello fue un correr de cremalleras,
un crepitar de sedas y de cueros,
un tapar y destapar los agujeros,
un ponerse de acuerdo las caderas.

Por el monte de venus las laderas
bajé regando en su desfiladero,
como un improvisado jardinero,
las flores de sus veinte primaveras.

Una fusión atómica de urgencia,
una anatómica y húmeda adherencia,
producto del instinto de manada.

Después, fundido a negro, otra secuencia:
una conversación civilizada,
una ducha, dos besos, luego… nada.

Tomás Galindo ©

Execración del plato de lentejas

viene un batallón de ceros a comerse el mapa
nos dejarán en los huesos miradlos acercarse gordos y lustrosos
son legión lenta oleada marea impávida
tan silenciosos tan mudos tan imagen y semejanza de carcoma
y el joven agitado no comparece su barba no exhibe hirsuto
no brinca airado desde su ágora ni al arma llama a sus semejantes
está vacía la atalaya podridos sus cimientos
ebrios dormidos estupefactos los vigías
envejecieron hace años y desertaron ya no hay nadie a quien avisar
desfilaron entre los neones y los escaparates
y no sabiendo tener hijos tuvieron muñecos graciosos y robóticos
con almas eléctricas y voces de disco
no ya no veo a nadie rasgarse las vestiduras afeitarse la cabeza
desnudarse en el barro y cantar la simple canción de la guitarra
ir juntos por la calle con la verdad en la voz
y las sucias manos llenas de ilusiones
ya nadie señala al enemigo con el dedo grita su insultante nombre
escupe mirando a los ojos del vil y cree en la victoria del doliente
ahora viene la muerte con sus perros gordos
con sus babas de cerveza y sus viseras
y no está aquí el joven aullador para tirarle piedras
ya su compañera no está a su lado ni delante con el pelo lleno de flores
y su canción y sus besos y su valor de sangre de madre
vino la gran apisonadora cargada de monedas
atrapando sus pies en la madurez de la vida y el asfalto
blando asfalto negro abandonado el camino vivo de hierba
camino vivo de hierba que la hormiga frecuentaba
que invitaba a dejarse llover y lavar los destartalados cuerpos
blando asfalto negro que nos dieron en premio a la mansedumbre
porque de los mansos será el reino del mañana
pero eso será mañana y conviene que así se acepte para bien de todos
no ya no veo sino futuras barrigas y culos acomodados
todos practicando la autoadmiración umbilical
y tantas putas y tantos futbolistas y tantos maniquíes
todos con una mano en la cartera y otra en el hombro del que va delante
para no perderse y no los oigo
ni la voz individual que enamoraba ni la voz colectiva que encendía
las hogueras que debieron quemar el mundo y sofocaron
los ceros los bomberos los toreros los banqueros los sepultureros
loqueros relojeros
si tú supieras maestro que tu lección cayó fuera de tierra fértil
al pedregal y se agostó la semilla y la comió el grajo
que engordó y engordó hasta volverse águila y luego buitre
se hizo con la boina del Che una camiseta
y con el sueño de Miguel de Blas de León de Jorge de don Antonio
un salón cultural recreativo on the rocks y con gomina y el jersey cruzado al hombro
y da lecciones el águila y luego buitre de vuelo sin motor
y del nuevo orden mundial que es la nueva orden mundial
de cuerpo a tierra y que nadie levante la cabeza
señor sí señor en ti confiamos y en la verdad de Dios con mayúscula
venga a nosotros tu república bananera y hágase en mí según tu televisión
tú que eres tan sabio que viste que el futuro consistía
en que todos fuéramos Peter Pan y nos suministras el polvillo mágico
de volar y volar puros e infantiles
tan sin pecado que ya podemos follar como los ángeles
y todas las mujeres tienen las mejillas sonrosadas y tetas blanditas
y ninguna de ellas muerde ni cocea ni tiene pelos en el sobaco amén así sea
gran hermano águila y luego buitre y luego padre nuestro
que estás en nuestros estamentos en los frontispicios y los plintos
en los pedestales y los telediarios perdónanos nuestras deudas
que tan sabiamente has sabido contabilizar con un módico interés legal
ahora que ya nadie te tira piedras ni pone palos en tus ruedas
ni arroja cócteles molotov sobre tus perros rabiosos
ni amenaza con el clamor popular si no es para celebrar los goles
ni pone barricadas a tus carrozas en las calles ni grita no pasarán
ya nadie grita no pasarán porque no ven nada claro que no pasen
ya nadie ve nada claro que algo dependa de lo que uno haga
de lo que uno haga con otros o por sí consigo porque lo crea justo y conveniente
nadie ve nada claro que el grano haga granero y la gota haga tormenta
que arrastre al mar los limos y las basuras a su paso
porque el catecismo pasa de puntillas el asunto de Jesús echando del templo a los comerciantes
pero que luego daba al césar lo que era del césar
y el césar somos todos como bien se encargan de recordarnos a la hora del sextercio
aunque luego el bolsillo universal se colme de ceros
que van devorando todo cuanto cae en la hucha
¿y la esperanza? ¿qué fue de la esperanza?
esa vieja pintarrajeada de verde      se le cayeron las tetas y los dientes
y hoy la ves fumando en cualquier esquina vendiéndose a cualquiera
que tenga desesperación y poca experiencia y sonríe al tonto
con las encías hueras y hueras las palabras le pinta futuros de humo
ah la esperanza yo la conocí de joven y era hermosa con muslos bien plantados
podía llevarte a la espalda y sentías su voz potente
qué distinta y cómo la dejamos entre unos y otros hecha un espantajo de sí misma
porque corríamos todos juntos con el corazón en la boca
y a las espaldas la gris marea que nos abatía pero no nos doblegaba
eso vino después y no fue la mano de hierro sino el guante de seda
el que truncó juventudes desunió huesos y tendones y allí fue el llanto y el crujir de dientes
pero con la conveniente inyección de anestesia que todo lo aminora y lo pospone
hasta diluir en güisqui los témpanos que iban a hundir el Titanic
gloria al señor en las alturas y en las presidencias de los consejos
paz en la tierra a sus siervos que lo aman perramente espumarrajeando cuando toca la campanilla
gloria al señor que nos dio un voto como un tesoro y nos dejó libres para poder elegirle
y que guiase sabiamente nuestros destinos oh joya parlamentaria oh virgen de la urna
que quitas el pecado del mundo y nos haces inocentes habitantes del limbo
que separas el grano de la paja el país elegido del maldito y al justo de la capacidad de acción
tú que eres nuestro norte nuestro baluarte nuestro hijo de puta pero nuestro
oh gran hermano tú que emites a Disney y devoras niños que lames coños y encenagas ríos
que embelleces parques y arrasas selvas que congelas voluntades y deshielas glaciares
danos la paz y la muerte ahora que hemos conseguido que sean sinónimos,
danos al menos el plato de lentejas.

Tomás Galindo ©

Noviembremente

siempre era tarde y siempre era noviembre
las mañanas eran tardes y los abriles noviembres
y ese silencio con chirrido de tiza
los pájaros negros volando despacio
golpeándose contra los cristales sin ruido
había una carraca sonando eternamente
con un ruido de coches y campanas
de suaves llantos y murmullos quedos
las rayas azules y blancas corriendo sobre rayas amarillas
el papel milimetrado con dobleces
la letra blanca que escribía miedo sobre fondo negro
la letra blanca que decía muerte
el tres por el cuatro que da pérdida
los pronombres desposeídos el verbo amar
a dios sobre todas las cosas
y todas las cosas bajo el peso de dios
carry that weight carry that weight
apenas soportable como llevar a un enemigo a la espalda
ama a dios como a ti mismo y a veces
te odiabas para odiarlo embistiendo
contra los puños y los pies y los mordiscos
contra la mentira sangrante y visceral
con el olor de los miedos esparcidos los orines
la esquina del dolor y del rencor
una alfombra que no había que pisar
impoluta ventanas por las que no mirar
huecos de escalera a los que no asomarse
puertas impertinentemente cerradas
bocas como líneas y narices siempre goteantes
cada día abortaba por la misma cloaca
por donde ponen sus huevos las gallinas
cada día buscando la alegría por el suelo
el suelo era nuestro mundo todo lo de más arriba
era de pedir permiso y de saber que estaba
sin mirarlo mirar estaba mal visto
mirar algo es anticipar su mal es corroerlo
la mirada cándida quién sabe qué puede desbaratar
el suelo el mundo y la historia en las paredes
fragmentos frases palabras escondidas
caras con demasiados dientes nubes caídas
manos armadas con hachas heridas de cal y de pintura
sangre de yeso en la piel marrón de las paredes
cicatrices de horas y de días y de rabia
ira en rastros de uña arañazos de furor
y tantos puñetazos en el aire y tantos
hipos tragados sin un poco de azúcar esa píldora
¿has visto los polluelos en el nido
con el pico abierto los ojos desorbitados
exhaustos comidos por los piojos?
esa misma chicharra multiplicada por cien
por mil así sonaba siempre no sé
si era mi ruido o el de todos
rebotando sin fin por los pasillos
ave maría ave maría ave maría ave maría

Tomás Galindo ©

La parte del milagro.

¿No te ha pasado alguna vez que no te sientes tú?
Es algo repentino, quizá tomando un café en una mesa en la calle,
con el paisaje del tráfico y la gente pasando.
Me sucede muy de vez en cuando, pero me sucede.
Y me miro desde otra perspectiva, me sobrevuelo, digamos.
En esos momentos, curiosamente, no me siento persona,
me siento cosa.
Lo más extraño es que eso no me provoca temor o desazón,
sino una delicada, gaseosa, sensación de paz.
Me veo bien siendo cosa.
Las cosas, al fin y al cabo, tienen sentido,
un objetivo en el diseño del todo.
Las cosas… tienen su oficio, ninguna está de más.
Y yo en mi desempeño del papel de cosa me satisfago,
incluso sonrío, lo que reconozco que no es habitual en una cosa.
Las cosas ocupan su espacio y su tiempo y ninguna sobra o falta.
No es algo, ciertamente, que se pueda decir de cada persona.
El camarero, por ejemplo, cumple (y es otro decir) su función mucho peor que la mesa donde apoyo la tacita del café.
Es antipático, nunca una sonrisa, a veces se le vierte café en el platillo,
espera la propina con insolencia
y siempre, siempre, siempre, me sirve el café con el asa a la izquierda,
esto último sé que lo hace aposta,
le he visto darle la vuelta a la taza.
La mesita en cambio es una maravilla, para ser una mesita de café, ya me entiendes,
no cojea, se adapta a mí, permitiéndome poner el pie en la barra
y el codo sujetando el periódico.
Incluso está agradablemente fresca su marmórea superficie a pesar de este resol.
Otras cosas, claro, no están a su altura,
no hacen tan bien su oficio.
La fuente de la plaza tiene un chorrito que no funciona,
no le he visto funcionar nunca,
pero aun así cumple y da de beber a palomas y gorriones,
he visto a los ancianos empapar en ella su pañuelo,
y una noche, a una prostituta hundir una mano en ella, mucho rato,
y darle la vuelta con la mano en el agua y expresión soñadora.
No creo que el camarero fuera capaz de hacer soñar a nadie así.
Sí, yo me veo muy bien siendo una cosa,
algo sólido seguramente, que pueda seguir viendo pasar la gente y el tráfico,
más que una cosa transeúnte, más farol, o buzón que bicicleta o nube,
entendiendo las nubes como cosa y no como episodio temporal.
También hay personas que funcionan, no lo voy a negar,
lo que quiero decir es que las cosas, todas, cumplen su función,
porque una cosa rota quizá tenga la función de estar mal.
Eso no pasa con las personas.
Las personas, unas funcionan, y otras no.
Y lo peor de todo: algunas funcionan mal, que es peor que no funcionar en absoluto.
Ahí, reconócelo, las cosas nos ganan por goleada.
Hoy el camarero no me ha traído el azúcar.
¡Pero el terrón de azúcar estaba ahí esperando al camarero!
Ha pasado por delante del cajón de los azucarillos
que estaba con la boca abierta gritándole que no pasara de largo
y ahí se ha quedado el terrón de azúcar ocupando un volumen espaciotemporal que no le correspondía,
por culpa de una persona, un ser inteligente,
con capacidad motora y libre albedrío,
no limitado por una envoltura, ni estático.
¡Toda esa gran creación de la naturaleza desperdiciada en olvidar coger un terrón de azúcar y ponerlo en el platillo de mi café!
Por eso lustro con cuidado mis zapatos, les saco brillo,
les quito las piedrecitas que se les incrustan.
Hay que cuidar las cosas, ellas nos cuidan.
Bajo las escaleras siempre con la mano resbalando por el pasamanos, para hacerlo útil,
no está ahí de adorno,
más de una vez me ha salvado la vida,
cuando desde arriba miraba el hueco de la escalera que parece que te atrae,
que te invita a dejarte caer,
y ahí estaba la barandilla, de parapeto y diciéndome que dejara mi mano resbalar por ella,
como cuando era niño y me dejaba el fondillo de los pantalones
deslizándome.
Por eso le doy palmaditas al plátano que hay frente al zaguán de mi casa
y le deseo los buenos día,
aunque ya sé que no es propiamente una cosa, que tiene vida,
pero reconozcamos que plantas y animales… los tenemos cosificados también.
Me preocupo por el plátano, si no llueve siempre vacío una botella de agua en su alcorque,
y no me gusta nada ese nido, creo que de avispas, que le nace en el muñón de una rama.
Además tiene un corazón grabado con las clásicas iniciales
que no alcanzo a distinguir en lo rugoso de la corteza
y porque está muy alto.
Un enamorado de hace mucho tiempo lo bendijo con un corazón ¡así crece él de hermoso!
El árbol es incapaz de daño.
La naturaleza es incapaz de daño.
Los desastres naturales, la devastación del terremoto, la inundación,
el incendio del rayo, que tantas vidas pueden costar,
han de ser contemplados como ciclo vital, no daño.
Las cosas contemplan la muerte de los seres como parte del ciclo,
no como algo intrínsecamente perverso.
No hay algo intrínsecamente perverso.
Sí hay alguien intrínsecamente perverso.
El hombre sí puede dañar, sí puede meter palos en la rueda de la vida.
Sáquese aquí (y esto va a gustos) a Hitler, o la lista de papas, de borbones,
de presidentes de república, de enemigos públicos número uno,
de pederastas, de violadores, de malos músicos
y compárese con un paseo bordeado de plátanos,
incluso con fuentes a las que les falte un chorrito,
incluso con tazas de café sin azúcar,
incluso con el último tsunami.
Yo, como cosa, reconozco no servir de mucho,
apenas para transmitir algo de calor al mármol de la mesa.
Habría de preguntarme si como persona soy mucho más util
estudiado desde el concepto global de la suma de mundo más tiempo más humanidad,
y suponiéndole a esta suma una intención,
que quizá sea también mucho suponer,
quizá no haya intención, o meta, u objetivo, más allá del hecho de ser.
Así pues me planteo dos preguntas:
¿soy yo, como persona, útil, conveniente, bueno, etcétera, para el hecho global de la vida terráquea?
Y la segunda ¿importa mucho? porque como elemento mínimo y poco destacado del elemento humano,
soy seguramente inapreciable.
A la primera no sé qué contestar.
A la segunda sí. Y es que a mí me importa.
Puedo ser mínimo e inapreciable en el contexto general,
pero en el íntimo y propio soy máximo y casi plenipotente.
Me considero al menos más útil que el inepto camarero,
yo nunca tendría el feo detalle de servirte un café con el asa a la izquierda,
salvo que me asegurara de que fueras zurdo,
y no cometo faltas de ortografía,
que es el equivalente, en letras, a servir un café y dejarse el azúcar.
Así que, como persona, y por mejorar mi prestación,
estoy estudiando muy seriamente pasar al estado de cosa.
Lamentablemente no puedo hacer de mí un farol ni un buzón
ni, mucho menos, una estatua de prócer en plaza de parque con plátanos y palomas,
que es, desde mi perspectiva, el summum de ser cosa,
a la vista de lo cual, yo, contumaz, persistiré en el error de seguir siendo persona,
hasta que el ciclo vital me cosifique en algo que no quiero ni pensar,
ya que atenta contra mi pudor y el acendrado sentido estético de mí mismo.
Y también disfrutaré de estos momentos pasajeros que me asaltan a veces de sentirme cosa
y que son, al cabo, una especie de comunión,
de inmersión en todo lo que me rodea, íntima, visceral si se quiere,
con el mundo considerado como un todo que me engloba,
y me imagino a mí mismo dentro de ese mundo
como alguno de los virus y bacterias que me pueblan,
como alguno de los millones de seres mínimos que habitan mi cuerpo
y que, de repente, por no se sabe qué milagro,
cobra conciencia de mí y se siente parte de esta persona que te habla
y ve por mis ojos y siente el frescor del mármol en la yema de mis dedos.
Y es un milagro, pero no un milagro mío,
no un milagro en mí,
sino mi parte del milagro.

Tomás Galindo ©