Sexo visto desde enfrente

Una mujer (no se da cuenta pero actúa)

Una mujer me mira por la calle,
me mira como no miraría a otra mujer,
hay un distingo sutil,
hay una vibración de comisuras,
un velo en el vaivén de la melena,
que no tiene uñas ni arañazos
pero me pone banderillas en la sombra
y burladeros en todas las esquinas.
No soy de su ¿camada? ¿su junta de vecinas?
ni tordo de su olivo ni grano de su era.
Una mujer me mira y yo la miro
y hay un brazo más de distancia en la distancia.
Las mujeres me miran siempre desde enfrente,
desde la otra orilla de sus equis y sus equis,
no codo con codo, ni muslo contra muslo en la bancada,
siempre hay una coma, un guión entre palabras,
un tabique del ancho de una pincelada de rimel,
una no declarada contraluz en la silueta
un aire al caminar no compartido.
Una mujer me mira por la calle,
saca de su bolso el metro, la balanza,
soy medido, pesado, me olfatea,
me cuenta los cabellos uno a uno,
me sopesa la voz en la garganta,
siento en la entrepierna como un soplo,
soy identificado, mi nombre puesto al debe
en un parpadeo todo, en un latido.
Ya estoy en el saco de los hombres,
confundido con la gran mayoría, con aquellos
que desfilan, marciales por las calles,
soldados de algún ejército
donde se supone que militamos,
un dos un dos un dos, el sable saludando,
todo muy fálico.
. . .
Algunas mujeres (que despiertan admiración)

Una hilera de madres
y de abuelas de abuelas y de madres,
lavando lutos y pañales, las manos doloridas
del frío del torrente
y tanto esparto y tanta arena
fregando las manos sarmentosas,
encorvadas, arrodilladas.
Un hilo, un ovillo, una madeja
de madres y sus madres,
una mitad de mí, oh, qué mitad de mí tan poderosa.
Qué desatino callar la voz de tanto útero,
tanto grito pariendo,
tanto gemido sorbiendo la semilla,
tanto partirse en dos y en dos para lograrme.
Las madres de las madres que me hicieron
maravillosamente macho me contemplan
preguntándose si al fin lo consiguieron,
si tendré algo más que su mirada,
el filo del perfil, el andar ágil,
si sacaré la flor de su ternura,
si daré a la luz al hombre terso
que pueda sentarse entre mujeres
y sin alzar la voz sepa diluirse.
Las madres de las madres se preguntan
por su mitad de mí en la balanza.
. . .
Ninguna mujer (pero yo insisto)

Yo quise entrar allí, en aquel corro
de mujeres que hablaban de sus cosas,
de cosas de mujeres, qué misterio mayor y más oculto,
qué continente de enigmas un corro de mujeres,
qué arcano bajo falda y yo sin descifrarlo,
!un alma simple como yo dejar puertas cerradas!
¡no meter el dedito en la compota!
¡yo que tengo vocación de gusano de manzana,
a mucha honra!
Es que tengo que entrar y averiguarlas
porque me pica el bazo y las meninges,
porque sin ser ni centro ni costura
no soporto estar fuera del paréntesis
¡soy multiplicador, no soy cociente!
Yo quiero estar donde no quieran,
donde me den la espalda allí me meto,
mi forma de ganar todas las guerras
es amigarme con el enemigo. De momento
me he puesto el manto de la virgen del pilar,
me emboté los colmillos, me limé las aristas,
me he metido colmenas como senos,
me he afeitado hasta pulirme las ideas,
me he sangrado, empapado y tirado pañuelos a los ríos,
me he planchado el alma y la camisa
y he parido un papel, un monigote,
pero tiene mis ojos, y lo quiero.
¿Me harán un huequecito en ese corro?
(Deseadme suerte).

Tomás Galindo ©

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