Sin palabras (habanera despiadada)


Juan conoció a Teresa
una tarde de abril.
Se le cayó el pañuelo
y él se lo dio gentil.
Y se quedó extrañado,
pues ella nada dijo,
pero encendió en su pecho
su sonrisa un hechizo.
Y cuando la veí­a
le saludaba,
en cambio, no sabí­a
cómo abordarla.
Mas, cuando llegó el dí­a
en que se decidió,
Ella, en lugar de hablarle,
esto escribió:
-«Yo no quisiera herirle,
por su finura,
mas quisiera advertirle,
soy sordomuda.
Si lo que usted pretende
no es burlarse de mí­,
gustosa de su brazo
me encantarí­a ir»

Fueron los dos felices
en su noviazgo.
Suplí­an sus miradas
los comentarios.
Ella miraba al cielo,
apretaba su mano
y era como un te quiero
saliendo de sus labios.
Pero a amor tan ardiente
y apasionado
no bastaban los besos
ni los abrazos.
Así­, una tarde aciaga,
en el cuarto de Juan,
sus ardientes pasiones
deciden sofocar.
Cuando tiene a Teresa
en pleno abrazo,
el vigor de su amante
se viene abajo.
Juan, llorando de risa,
suelta una carcajada.
La pobre sordomuda
no comprendí­a nada.
Y es que, cuando ella goza
no se da cuenta
de los ruidos que hace,
los gemidos que suelta.
Como el que desatasca
un desagüe: así­ suena,
cada embate amoroso
hace blop blop su lengua.
Gorgotean sus babas,
sus narices moquean
y se sorbe los mocos
y ronca y burbujea.
Suspira que dirí­an
que estira la cadena.
Respira como un perro
después de una carrera;
y ya, cuando se nota
que alcanza lo más bueno,
se pede que resuena
con un ruido de trueno.
Juan, que aguantaba el tipo
rí­e como un percebe.
Y la pobre Teresa,
quién sabrá lo que cree.
Que se ha burlado de ella,
que sólo era una chanza.
Y loca por la angustia,
ve abierta la ventana…
Sin dar crédito Juan
a lo que ven sus ojos,
entre risas y llantos
va entendiéndolo todo.
Sabiéndose culpable,
cegado por la pena,
con el corazón roto
se reúne con ella.
Aquí­ termina el cuento,
quién lo dirí­a,
que los dos estén muertos
por una tonterí­a.
Tomás Galindo ®

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4 comments for “Sin palabras (habanera despiadada)

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