Qué de luz

Qué de luz
y cómo el resplandor del sol naciente
peinaba las espigas con su oriente.
En una cruz
se moría un ramito de violetas,
las cigüeñas bailaban pizpiretas
con tutú,
y la suma del paisaje
nos predicaba un mensaje
de quietud.
En medio de todo aquello
aún había algo más bello:
tú.
Y la abeja movía su batuta
dirigiendo la orquesta diminuta
de la vida
que crece y repta y nada y vuela,
por cualquier grieta se cuela
y escondida
entre tus muslos se aprieta,
muslos de muchacha inquieta,
sorprendida
por la mañana infinita
que deja abierta la espita
desmedida
que mana música y sol
y te pinta un arrebol
en tu escote de muchacha.
Qué de luz la que lucías,
qué firmes geometrías,
vivaracha,
con pechos de mazapán
en la falda de un volcan,
de uva garnacha.
Allí entre tanta amapola
desnuda en una aureola
luminosa,
al dorado de tu piel
parecías el pincel
de la diosa
que tras pintar el trigal
dejó el regalo frutal,
caprichosa,
de tu temprana envoltura
de niña en una escultura
gaseosa.
Qué de luz allí en el prado,
qué de luz en tu costado,
jubilosa,
qué aria cantaba el viento,
qué feliz alumbramiento
de las cosas,
cómo olía la albahaca,
a qué jugaba la urraca
maliciosa,
qué trabajaba la flor
para volverse dulzor
y fruto,
qué celeste maquinaria
nos era depositaria
del tributo:
las abejas con su miel,
tu desnudo en el vergel.
Qué minuto.
Tomás Galindo ©

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