Letanía de la acacia

Yo me quedé dormido
lo mismo que una acacia.
Dormir como una acacia
es dulce y divertido.
Yo me quedé dormido.
Venían las hormigas,
trepaban y me hacían
cosquillas con sus patas,
sus patas diminutas
subían y bajaban
y yo qué bien dormía.
Soñé que me peinaban
y que el peine tenía
púas como pestañas,
así de tiernamente
soñé cuando era acacia.
El sueño de los árboles es más lento que el agua,
más lento que las nubes que apenas ves que pasan.
Los árboles se duermen porque tienen la almohada
de la tierra esponjosa que es cálida y blanda.
Pasó un niño corriendo
jugando a la pelota,
una niña cantando
y saltando a la comba.
Y pasó un marinero
con un nombre en la gorra,
dos viejos compartían
la merienda a la sombra,
él le iba dando el pan,
ella abría la boca,
él la miraba tierno,
ella miraba absorta
a través de las gentes
y a través de las cosas
igual que una muñeca
queda como la pongan;
y pasó un perro solo,
y pasó una paloma,
y pasó una muchacha
con un nombre en la gorra
del brazo de un marino
más hueco que una esponja.
Los niños son un libro que ya lo hemos leído
aunque ellos no lo saben, porque aún no lo han escrito,
les vemos las estampas y nos son conocidos
los temas, las intrigas, cada uno de los giros.
La acacia da una sombra
tal que todo lo calla.
Se tienden los amantes
y no se dicen nada,
miran por los bolsillos
y no encuentran palabras.
Esos claros discursos
que en surtidor brotaban
de su pecho anhelante
no hacen ninguna falta
cuando de un labio al otro
la misma sombra salta
diciendo su caricia
todo lo que callaban.
Hay sombras que enmudecen,
otras en cambio hablan;
las sombras de los árboles
al aire de su danza
hablan con un lenguaje
directo a las entrañas.
Los perros siempre están de vacaciones
y siempre celebrando todas las ocasiones
son como una familia hasta en las discusiones,
ya querría la gente sus preocupaciones.
El viejo y su muñeca
se van hacia la plaza,
qué tierno la sujeta,
qué blanda se le agarra
como quien lleva un niño
que tan apenas anda.
El mochuelo en la torre
se despereza y baja,
hace guardia de noche,
trabaja aquí en mi rama.
Se encienden las farolas
y las fuentes se apagan.
En un rincón los novios
repiten las palabras
de ilusión y promesas
que hace siglos sonaban,
oyéndolos parece
que no inventaron nada
solo suenan distintas
las notas de su habla.
Ha llegado un silencio
poblado de cigarras,
de concilio de gatos
y sombras alargadas,
hora es de que durmamos
nuestro sueño de acacias.

   T.Galindo ®

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.