Categoría: Poemas

Volver (tango, con caí­da)

Ese torvo gesto, ese semblante. Esa expresión de perro apaleado. Ese mirar siniestro, atormentado. Ese pecho vencido hacia adelante. Ese paso cansino, vacilante. Ese entrecejo fruncido y arrugado. Esa sonrisa de anuro desinflado. Ese aire de bronca y mal talante.…

no se puede leer en el tren

siempre llevo un libro en el tren y acabo leyendo el paisaje que pone renglones de desmonte con vallas comerciales y las fachadas traseras e incógnitas de casas de vecinos los nunca vistos paredones grises con ropa tendida que son…

Amor posible (sí­, posible, no lo otro)

Él era un poeta existencialista que escribí­a ripios en una revista. Ella era una estatua obra de Llimona, que en medio del parque quedaba tan mona. Y cómo sufre el pobrecito que tiene roto el corazón, porque una amante de…

Palabras

nosotros somos de voz y de palabra tanto como de sangre carne y hueso somos de ví­scera y epí­teto y de tendones y de pronombres esos golpes de voz tan milagrosos que llevan las ideas a otro lado a otro…

La señorita de los caramelos


La maestrita es hermosa,
pizpireta, de ojos bellos,
y tiene varias docenas
de enamorados risueños
que le estiran de la falda
y se le cuelgan al cuello,
-¡Señorita!- la requieren,
¡Señorita!- van diciendo,
yendo su vivaz mirada
de verde relampagueo
alumbrando toda el aula
de esclarecidos destellos.
Un ángel con guardapolvo
que ha bajado de los cielos,
va repartiendo a los niños
de un cajón que está repleto
de dulces y golosinas,
peladillas y consejos,
regalices y lecciones
mezclando cuentas y cuentos.
Qué bullicio son sus clases,
cuánto estudiantillo inquieto
ha aprendido las verdades
de la ciencia con sus juegos
y, al corro, sin darse cuenta,
la vida en su fundamento.
Cuántos se han inoculado
raciocinio sin saberlo.
Y con un beso en la frente
y un revolverles el pelo,
les da enseñanza y cariño
todo con el mismo gesto.
Pero suena la campana,
porque siempre queda un pero,
y estalla en mitad del aula
como un silencioso trueno,
llevándose los muchachos
consigo un revoloteo
de libros y de carteras,
de risas y lapiceros.
Cuando la clase se acaba
se le cae el mundo al suelo.
Cuando la clase se acaba
es como aquellos muñecos
de resorte que se quedan
sin cuerda, en medio
de un redoble de tambor.
¡Si suspendida en el tiempo
pudiera quedarse el alma
hasta oí­r sonar riendo
la campanita que llama
a los niños al colegio!
Cuál será su desventura,
qué doloroso secreto,
el agüita de qué fuente
se le escapó entre los dedos,
el tiempo de qué reloj
hace tictac en su seno.
Si pudiera no volver
a su casa, a ser de nuevo
el fantasma de sí­ misma,
el encadenado espectro,
el rosal cuyas raí­ces
pugnan por romper el tiesto.
Si pudiera enajenarse
el espí­ritu del cuerpo.
Cuando la clase se acaba
y el aula queda en silencio,
perdiéndose en los pasillos
tantos bulliciosos ecos,
ella borra la pizarra
y recoge los cuadernos.
El sol que se va descubre
en sus dorados cabellos
finas hebras de metal
que son un chisporroteo.
Y cuando nadie la ve
y está el pasillo desierto,
en la mitad de la frente
rompen de pronto sus sueños,
inundando sus mejillas
unos lagrimones tiernos.
La maestrita es que tiene
una colmena en el pecho
que le bulle y que le zumba
y no la deja en sosiego,
pero convierte en azúcar
sus amargos sentimientos.
Le vuelve el dolor en miel,
en canela los recuerdos,
en aromas de limón
y menta los pensamientos.
Y cuando nadie la ve,
tan dulce es su sufrimiento
que va metiendo al cajón,
para sus niños pequeños,
sus lagrimitas envueltas
en papel de caramelo.
* * * T. Galindo®