Oficios de ayer


Máquina de coger puntos a las medias, para arreglar las carreras y los enganchones.

Amodorrado en la cama me ha dado por pensar en la blandura del colchón de látex tan cómodo que tenemos, y tan limpio y aséptico y enemigo de ácaros y demás bichos, y por contraposición, he recordado cuando mi abuela llamaba al colchonero, un par de veces al año, para varear la lana de los colchones, descoserlos, airearlos, y mullirlos. ¡Y nos parecí­an en summun de la comodidad! Y tras el desaparecido oficio de colchonero me han ido saliendo otros que veí­a en mi infancia y que, afortunadamente, fueron pasando a la historia con más pena que gloria. Requiescat, gorigori y tal para ellos.

El colchonero
Vení­a una o dos veces al año, solí­an ir por parejas y ser mozos fornidos que voceaban su oficio por las calles. Cuando las mujeres les llamaban y concertaban un precio, extendí­an unas mantas cuarteleras sobre el suelo, y en ellas extendí­an uno a uno los colchones. Cogí­an un colchón, lo descosí­an, extendí­an la lana y la vareaban con largas varas de fresno hasta que se mullí­a y ahuecaba. Luego volví­an a coser el colchón, poní­an la mano y hale, hasta la primavera próxima.

El trapero
Andaba por las calles llevando a mano, o con una bicicleta, un remolque en el que iba amontonando trapos viejos que compraba de casa en casa.

Al grito de «¡El traperoooo!», las madres mandaban a las chicas a ver qué les daba por los recortes de las muchas labores de confección que se hací­an entonces en las casas, o por las prendas apolilladas y ya sin recuperación, o por el forro que hubo que quitar al abrigo para ponerle uno nuevo, o por los pantalones rotos y zurcidos del niño y que ya no valen a su hermano.

El pelaire
Era un hombre odiado por chicos, guardias, mujeres con la cesta de la compra, y cualquiera otro que paseara por la calle, ya que olí­an a demonios él y su mercancí­a. Solí­a andar con una bicicleta con cesta, o un remolquito, e iba comprando, como su nombre indica, pellejos. Pellejos de los animales que se mataban en las casas, o que se compraban con piel en las pollerí­as y carnicerí­as. Objeto de su deseo más común solí­an ser, pues, los conejos, pero también algún cabrito, choto, o cordero. Se moví­an más por los barrios periféricos, abundantes en casas con corral, que en los de bloques.

El farolero
Sí­, claro, porque las farolas no se encendí­an y apagaban todas de consuno como por encanto, como pasa ahora, no señor, las farolas tení­an su interruptor, una palanquita que estaba arriba del todo de la farola para que no la pudieran tocar los chicos o los bromistas. Así­ que para allá andaba el farolero, con un palo como de cuatro o cinco metros de largo, con una cruz en su extremo, de farola en farola por toda la calle, encendiendo a la atardecida, apagando al amanecer. Lloviera o tronara. Qué vida esta, siempre mirando p’arriba.

El estañador y paragüero
Esto era tecnologí­a punta, eh, casi nada… El estañador y paragüero llevaba la herramienta, nada menos, consistente en un hornillito con el que derretí­a el estaño… Ah, ¿que qué es lo que hací­a este señor? Claro… olvidaba que puede no saberse lo que hací­a. Pues se dedicaba a arreglar ollas y sartenes; perolas y sartenes que se agujereaban del uso, y de las limpiezas con cepillos metálicos, ya que todas, absolutamente todas, se pegaban (no tení­an culo de teflón), y tampoco estaban hechas con los buenos materiales de ahora, como acero inoxidable, no señor, eran de hierro… las buenas. Y una perola costaba sus buenas pesetas, así­ que si se le hací­a un agujero, mejor que lo restañasen por una perragorda que tener que comprar perolo nuevo. También llevaba varillas para los paraguas, y un hilillo resistente, y los topes para enganchar la tela, que los paraguas costaban un ojo de la cara y pasaban de padres a hijos.

El afilador
Este, si acaso, es uno de los pocos que perduran, pero con mejor herramienta. El afilador era, indefectiblemente, gallego, y era la envidia de los chicos, que lo seguí­an y bailaban y hasta hací­an burla, pero que en el fondo, era envidiado, porque todos querí­amos andar por los mundos con aquella rueda grande grande, y haciendo algo tan importante, pero que parecí­a tan fácil de aprender, como afilar los cuchillos. Y era un trabajo muy agradecido, porque las mujeres se quejaban mucho de lo mal que cortaban los cuchillos, claro ¡como aún no habí­an inventando los cuchillos de sierra! El afilador llevaba una flauta de pan, de aquellas con muchos agujeritos, y la hací­a sonar dorremifasolasisilasolfamirredó una y otra vez, los chicos cantábamos: «El afilador, mató a su mujer, le sacó las tripas y la fue a vender»

El revisor del tranví­a
Era el más temido por la chiquillerí­a, nada podí­a en el mundo haber más espantoso que el que te cogiera el revisor en el tranví­a sin el billete. Se sabí­a de muchachos que habí­an sido conducidos a comisarí­a de la oreja por el revisor, y cuyos padres habí­an tenido que ir a pagar la multa, amén del oprobio y la vergüenza de verse tratado como un criminal. El revisor entraba al tranví­a, anotaba los números que le daba el cobrador, y luego andaba pidiendo billetes a diestro y siniestro. Algunos bajaban precipitadamente del tranví­a, otros usaban el método de llevar el billete entre los dientes y cuando lo iba a mirar, oh sorpresa, se habí­an borrado los números hasta hacerlos ilegibles. El revisor bufaba y decí­a cosas poco gratas, mientras el infractor poní­a cara de ofendido y de usted no sabe con quién está hablando.

El limpiarraí­les
Porque las ví­as del tranví­a se ensucian, sí­, y hay que limpiarlas de cosas que se le adhieren y que, vaya usté a saber, puede provocar un descarrilamiento. Allá que va el limpiarraí­les, con su uniforme de la compañí­a y su silbidito, jugándose la vida por mitad de la calle, siempre de dí­a, porque de noche es peor, los coches no le verí­an, y caminando contra el sentido de la circulación, para ver lo que le puede matar. Con su palo grueso de más de un metro de largo, con una cazoleta con una uña de hierro en la punta, uña que iba metida en los raí­les para ir rascando las porquerí­as, piedrecillas sobre todo, que podí­an quedar encajadas en el angosto hueco del raí­l.

El caracolero
Solí­a ser gitano, incluso gitana, y llevaba un tazón de peltre con asa que llenaba de caracoles, a perrica o a perragorda, y que volcaba en un cucurucho de papel de periódico. El cesto, eso sí­, era una tí­pica cesta caracolera, como de medio metro de alta, más ancha en su mitad que en el culo y la boca, y con tape, para que los bichicos no hicieran turismo. Eran considerados complemento imprescindible en paellas, ranchos y calderetes.

El chatarrero
Por lo común, tení­a establecimiento, un local, corral o casa baja donde amontonaba lo que iba comprando. El chatarrero tení­a dos clases de negocio, el menudeo y el por mayor, el menudeo le iba a casa, los chicos, y las chachas acudí­an a la chatarrerí­a con algún trasto viejo metálico por si podí­a valer algo, y generalmente podí­as salir de allí­ con un real o dos, incluso una peseta si el cacharro llevaba motor eléctrico, con su hilo de cobre. Pero el chatarrero también iba por las casas, no por todas, sino donde veí­a obra, que arreglaban en el barrio un balcón, allá acudí­a el chatarrero a comprar los hierros oxidados; que cambiaban unas ventanas, allí­ estaba él comprando las manijas y los anclajes del marco. El chatarrero entre semana era como un gitano, pero los domingos parecí­a un señor. Se ve que el negocio daba para mucho.

El cestero
Este sí­ era gitano, sin duda, y sin duda también era el más cómico de todos, porque los cestos, bien es sabido, no pesan, pero abultan, y era común aunque chistoso, ver al cestero moverse por las calles con su mercancí­a encima, un montón de cestos cogidos entre sí­ con unas cuerdas, que hací­an un bulto enorme, un bulto enorme del que sobresalí­an unas piernecillas negras con alpargatas. Señá Marí­a ¿quiere usté un cestico? Estos son buenos pa poner las olivas en la ventana, y estos otros cuadradicos para guardar lo que quiera y puede sentase encima, que l’aguantan. Estos a peseta, estos otros una cincuenta. Oiga ¿y me harí­a una chichonera pa mi chico, que es mu tozolonero? Sí­ señora, pero eso ya hay que tomarle la medida del cabezorro al chaval, y luego que el forro sí­ que lo tiene que hacer usté, eh.

El sereno (o vigilante)
Era muy importante, porque tení­a las llaves de todos los portales, y linterna para andar de noche, y gorra de plato, y a la noche, era la autoridad, algunos decí­an que mandaba como la policí­a. El vigilante yo no sé muy bien lo que hací­a, porque a las horas en que trabajaba yo estaba siempre durmiendo.

Faltan más, seguro que no me acuerdo de alguno, y otros que son tan viejos que ya no les conocí­, como el jabonero, que iba por las casas haciendo jabón para las mujeres con las grasas que le daban. O el hombre que compraba pelo. Pero de estos sé por referencias, no por haberlos conocido.

Ver «Oficios de hoy»

7 comments for “Oficios de ayer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.