si sabe a mar tu piel

si sabe a mar tu piel a mar tu boca
mediterráneo afán de mis sentidos
si tienes oleajes escondidos
y mareas debajo de la ropa
si nunca de unos pechos florecidos
hubo noticia en las viajeras algas
ni asomaron dos islas como nalgas
su esférico horizonte estremecido
nunca se vieron por aquí­ corales
igual que tus pezones encendidos
ni hubo faros de luz esclarecidos
como alumbran tus ojos a raudales
dónde supieron muslos el ser peces
dónde se harí­a anguila tu cintura
dónde aprendió la sal a dar dulzura
dónde te vuelves ola algunas veces
que vienes y que vas y zarandeas
mi corazón en tierna singladura
siempre atracado a ti con la segura
protección de tu seno en las mareas
calma ensenada donde el alma arribo
bahí­a en la que el corazón fondeo
es tu abrazo de océano y deseo
la sola compañí­a que recibo
oh lí­quida mujer de espuma y onda
si de las caracolas los sonidos
devuelven el rumor de tus latidos
si no vuela gaviota que responda
a la brisa marina más airosa
que tu melena al viento que levanta
cuando el levante canta que te canta
a la palmera vuelve rumorosa
así­ te quiero amor no silenciosa
como suena la mar en la rompiente
siempre la misma voz y diferente
así­ te quiero amor esplendorosa
relumbrando con brillo de delfines
enjoyada de perlas y de escamas
te proclamas sirena y te proclamas
hermana de los peces saltarines
te pintan en el cuerpo su acuarela
los azules los verdes y los blancos
se borda el horizonte en una vela
rasea el alcatraz vuela que vuela
y en el fondo galopan hipocampos

Tomás Galindo ®

El regalo de navidad del señor Paco

(o “Scroodge rides again”)

Estaba el señor Paco el del colmado,
-Hijos de A. García. Ultramarinos.
Olivas de Aragón. Licores finos –
cual Vulcano en su fragua retratado.
Quiero decir que no desentonaba
la tal figura para el tal paisaje;
como un juego de piezas para encaje
su figura en su lámina encajaba.
Su tienda conocía quien le viera,
pues llevaba en su cara el distintivo
entre buitre y ratón, servil y altivo,
de la estirpe añeja del hortera.
Y el que en la tienda entraba, presumía,
viendo el zoco moruno donde estaba,
que tras el mostrador le vigilaba
o un hijo de Babel, o de A. García.
Ejercía su labor de dependiente
en mitad de la calle Mayor mismo,
aunque llamarla mayor era eufemismo,
le decían la calle solamente.
Pared con pared con el ayuntamiento
tenía enfrente, gran desgracia,
juntitas a la iglesia y la farmacia;
detrás, el campanario del convento;
a la izquierda está la barbería;
a un paso el carbón, la tasca, el pan,
la estafeta, y en su propio zaguán,
el ciego vendedor de lotería.
Hay una fecha en piedra que atestigua
que, si la casa no es del pleistoceno,
no datará de muchos años menos,
mas da impresión de vieja, antes que antigua.
Al entrar, si lo haces sin cuidado,
puede que te acierte en plena cresta
una ristra de ajos allí puesta

Palabras

Son solo golpes de aire
no cincelan la piedra
no marcan a fuego piel alguna,
apenas salen viajan y se extiguen,
son vaho en el cristal,
onda en el agua.
Aquel que las pronuncia no dispara,
son blandos proyectiles con ventosa
que apenas juegan a salvar distancias.
Y no mojan, ni nutren, ni calientan,
te llegan y resbalan y se caen,
no hacen ni charco entre los pies
y los papeles.
Solo las salva escasamente a veces
esa dulce blandura de las pieles
dejándose horadar por los afectos
que penetran, que abonan, que fecundan
y que se vuelven vísceras y sangre.
Aquí se quedan a vivir contigo.
Son la mirada puesta en pie
que te regalo.

T. Galindo ©

Maristas

La tristeza monótona vertía
la lenta cantinela de oraciones,
espaldas a rayas blanquiazules,
los ásperos cogotes despeinados
y el horizonte negro donde pastan
los rebaños de ceros su potencia.
La lenta cantinela en la ventana
de goterones gordos como moscas
y el zumbido atroz, impenitente,
de números, de nombres y de historias
que pasaron, o no, por un pasado
escrito, decidido, adjudicado
a estos santos inocentes quietos,
a rayas blanquiazules, ignorantes
de que la lluvia cala en las espaldas,
la lluvia negra de pizarra triste,
con palotes de tiza destinados
a las retinas dulces que se ofrecen.
Qué dolor de arañar en los pupitres,
qué temor en las ingles y los dientes
un chirrido de puerta que se cierra,
un sabor como de algo que se oxida,
pero dentro, una víscera metálica
que descubres tener, o que te nace.
La lenta cantinela que se instala
decolorando las mejillas tersas,
agrisando los brillos de los ojos
como lluvia de brea, como el humo,
no de las chimeneas, de pistola
de balazo en la sien, como la tinta.
Y en medio del horror y los silencios,
los chirridos de tiza y el sollozo
de no se sabe quién en una esquina,
del olor a la orina y los sudores,
y del tedio y el miedo de la mano,
en medio del asedio a las conciencias
a mano armada de autoridad y dioses,
un mirar de reojo a la ventana
y ver que, al otro lado, hay primavera.

   T. Galindo ©