Marina

Cuando miras el mar no ves lo hondo,
solo su cara azul, sus cejas blancas,
apenas el pañuelo que lo cubre,
apenas la puerta ni cerrada
ni abierta que golpea los quicios
de la tierra. Cuando miras la playa
y coges con la mano ese puñado
de arena, no sigue siendo playa,
pierde su pertenencia, o eso crees,
o quizá tú allí de pie ahora eres playa.
Cuando miras el mar no ves tus ojos
y estás sobre la arena junto al agua
mirando el oleaje, el horizonte,
sin ver que eres parte de la estampa,
que otro que mira el mar te está mirando,
te tiene junto al mar en su mirada
y lo mismo que tú no ves el fondo
el que te ve a ti no aprecia nada
diferente de concha o alga muerta
que la marea allí dejó varada.
Eres paisaje, vertical figura
con el mar, con las olas, con la playa.

Tomás Galindo ©

Ser poeta

Lo importante, me dijo, no es ser poeta,
lo importante es beber con los poetas ¿tú me entiendes?
mear contra la misma pared con el concepto en la boca,
birlarles las novias, pobrecitos, a los que tengan,
ahí radica el arte.
No, no es la grave reflexión ante la cuadrícula,
es sacar de fumar y decir pestes de este o aquel,
o elevar a las parnásicas nubes al elevable.
Sobre todo bendecir al maldito
y abrir bien la boca cuando se trate de comulgar con sus piedras de molino.
Amigo ¿a quién le importa un papel que vuela,
una hoja que cae en cualquier suelo desconocido,
una palabra que oirá seguramente un sordo?
Somos lobos y nos olemos y nos mordemos y nos seguimos fieles,
las ovejas no son familia, de ellas simplemente nos alimentamos.
De qué te serviría que te balaran, eso a los perros
que las llevan y las traen.
Aunque se han dado casos, el poder del aullido es notable,
de ovejas que lo oyeron y devinieron tórtolas, raposas o musarañas.
Tú tienes que vivir como lobo, como poeta, es lo mismo.
De qué te serviría vivir como mecánico, funcionario, conductor del bus
y escribir poesía ¡vívela!
Serías un médico que vive pintando paredes y no curando,
un pescador vendimiando, una puta rezando el rosario.
Fuma, maldice mirando a los ojos, inclínate la boina,
quémate la bufanda con el cigarro en un gesto airado,
jura en alta, clara, campanuda voz, que no estás en venta,
escribe en márgenes y servilletas,
pinta flores en manos diminutas y bésalas en la palma,
abraza a las muchachas oscuras y mira displicente a las claras,
mata al maestro y véngate en el alumno (sabes lo que te hará).
Arrastra un carro de palabras a empujones
de manera que se te caiga alguna y písala con indiferencia.
Quémate los ojos leyendo sin luz,
date golpes en el pecho por ir tan tarde, tan atrás entre todos
que solo descubres lo descubierto y piensas lo pensado
y quieres decir lo que ya han dicho mejor. Jódete.
Eso es vivir en el verso. Ven.
Serás uno de los nuestros, también te insultaremos,
diremos que equivocas culos y témporas, que regüeldas metáforas,
que pedes prosopopeyas proparoxitonantemente,
que salseas la urdimbre argumental con parásitos rimbodianos,
lorquianos, nerudianos, lo que sea que te parasite.
Serás estigmatizado, vapuleado, pateado en los huevos, besado con lengua,
dado por culo y sacado en hombros y dado vueltas a la fuente.
Alguno te prologará.
Alguna se te abrirá de piernas (o alguno también, no lo desdeñes).
Te morirás de gusto y de disgusto, según días.
Y tendrás un nombre escrito en algún lado y serás feliz y aborrecerás todo eso
porque no es lo que tú imaginabas de niño, ni remotamente.
Un día, quizá no por casualidad, bajará el ángel y te dará un beso en la frente
y pondrás un milagro en un papel, más bonito que un San Luis,
más profundo que las tripas y los pozos,
más alto que las torres y las cimas nevadas,
¡un milagro en un papel!
y seguramente con los vapores del vino y el humo no nos demos cuenta,
o quizá alguno sí y llore, llore con el hallazgo,
porque esas cosas aún nos hacen llorar,
por eso somos lo que somos, lo que eres, lo que morirás siendo.
Es poco, pero es todo lo que queremos conseguir al fin y al cabo.
Y ahora ráscate el bolsillo y paga esta ronda, te toca, poeta, capullo.

T. Galindo

Explicación

Soy humano, dijo, eso lo explicaba todo,
lo perdonaba todo.
Soy humano, como nudo de errores,
como tejer una camisa de disculpas y ponérsela a diario,
y lavarla, y tenderla, y plancharla, y remendarla,
y nunca cambiarla por una limpia, sin mácula.
Soy humano, dijo matando.
Soy humano, dijo quitando el pan de una boca,
dijo rompiendo huesos, dijo pateando culos,
dijo violando, dijo apagando el cigarrillo en un pecho,
dijo robando inocencias.
Dijo soy humano.
Los sabios gravemente inclinaron la cabeza.
Los prudentes, prudentemente, se apartaron.
Las arañas se fueron con sus telas a otra esquina.
Los perros metieron el rabo entre las patas.
Al nacer le pusieron boca abajo y le azotaron las nalgas,
lloró y gritó que era humano. Fue creído.
Le dijeron palabras que habrían derretido la nieve en las montañas,
palabras que curan, palabras para tejer y dar la mano,
palabras que soplan en el escozor y vendan la herida.
palabras que restañan y cicatrizan, que tocan las campanas
y silban los caminos y vuelan con los pájaros,
palabras que dicen las madres meciendo y las muchachas besando.
Solo sentía amor por los puñales.
Y escogió.
Las que son sal en los ojos y sangre derramada,
las palabras que enlodan los ríos y prenden fuego a la cosecha,
las palabras como granizo que todo golpea,
las palabras que van cuesta abajo, en esa sola dirección,
buscando un orgasmo que apenas dura lo que tarda en nombrarse.
Pero es el acto, la elección del idioma lo que determina al hombre.
Di madre, di mano, di el sol de mediodía.
Di gana, di sombra, di primero,
di eso tan intrínsecamente perverso: di yo.
Eso lo explica todo.

T. Galindo

Lo que sueñan las uvas en la siesta

Estoy mirando el racimo, colgadizo de la parra.
A ver qué aprendo.
Son hermosas las uvas, doradas,
solo con verlas se adivinan dulces, justamente ácidas,
llenas de verano, alguna lluvia, mucho sol.
Han sabido subir desde la tierra con su carga de azúcar
y su presentimiento de vino.
El mosquito se afana en un pámpano.
Yo leo.
Tú cantas.
Una canción de agua y de jabón, de niños y limones,
de pinzas en la boca y ropa blanca.
Estoy en la escena de sabores, de lo lento,
somos la gota de miel que nadie sabe
si está cayendo o es así, perfecta,
inanimada teta de diosa rubia.
Estoy suspendido en el aire de una canción del agua.
Estoy midiendo el vuelo del mosquito que despega del pámpano.
Aprendo despacio a deletrear golondrinas,
a sumar dos y dos uvas, dos y dos hormigas en el tronco,
dos y dos niñas regándose en el patio.
Aprendo que no hay prisa.
Aprendo que la prisa tiene agujeros, como un colador,
donde echas el tiempo y sale en mil, como hilos,
y el tiempo ya no se nota, ya ha perdido su peso grave,
ya no mueve molino ni impulsa nave,
está difuso en la prisa, nebulizado,
es una niebla de días y de edades.
Al trasluz eres un ser de otro mundo.
Tiene tu aura calidades de ala de libélula
y luz de sol poniente.
Más allá de ti, el diluvio.
Cerca de ti lo tibio de la carne,
el sol que se recoge en tu vestido,
el agua que cuelga de tus manos como joyas,
diamantes del cubo de la colada,
humedades de sábanas que olieron a nosotros
cuando éramos gacelas en la sabana,
el agua que te resbala los tobillos
y deja besos de pie en las baldosas coloradas
que se difuminan deprisa con el sol y mueren.
Cada nave deja su estela y tú los cinco dedos de agua
que te siguen y al calor desaparecen.
Te metes en mi sombra y me estremezco.
El canto de las niñas no dice nada, es así de sabio.
Es una risa pura, sin trastienda. No tiene explicación.
Yo les doy una uva a cada una, se la pongo en la mano y se la cierro
como si fuera un tesoro.
Cómela en el columpio, te sabrá dulce cuando estés arriba,
ácida cuando estés abajo. Es una uva mágica.
Ellas me regalan una mariquita, se la pasan de mano en mano
y va como un perrito, haraganeando, por esos dedos chiquitos
por esas manos de mazapán, traviesas,
que me roban mi sombrero de paja y van riendo
y mirando hacia atrás y riendo.
Nunca las niñas serán tan bellas como en columpio,
con el pelo persiguiéndolas, con los pies descalzos,
el vestido de flores, de camuflaje
delante del jardín y de la parra, de la ropa tendida.
Y yo soy una uva de todo este racimo,
concentro en mí los soles del verano con sus lluvias,
con todas las verdades y las cercanías de la tierra roturada,
ese olor a ozono que el rayo desgaja del oxígeno
yo lo he sentido, ese hierro fresco en la nariz
ante el mar de hierba que se moja, ante el relámpago,
y cómo asciende casi visible a la raíz del ojo,
penetra en los pulmones diciéndote cosas,
cosas presentidas, no sabidas, que suenan familiares,
que suenan a fruta que se pudre en el suelo,
a hombre que se pudre en el suelo y es embebido naturalmente,
y de ahí nace el nutriente,
lo que será y aún es un poco presentido, humus y turba,
viva tierra, humedad,
vida del hombre y pestañeo del valle fértil.
Aprendo a quedarme quieto en el paisaje,
a volar con las hojas y posarme
conscientemente hombre en mi parte de barro,
conscientemente barro siempre en mis inteligencias,
siempre, siempre, recordando raíces y principios,
sorbiendo de la tierra y los contactos del habla,
los demás, que son como yo y somos hierba,
somos pasto, pero no somos pasto porque lo sabemos,
lo pensamos y vamos más allá del crecer como la hierba,
crecemos como números sagrados, como dioses nuevos y reales,
en campos de metal y páginas y humo,
gritando, aullando, y siendo silenciosamente fuertes,
torciendo audaces o imprudentes los senderos trazados por el dios creador
de todo esto que quizá nos ve, nos tiene que ver,
como su error o quizá el temor de tenernos en su nuca, acechando,
cercando su poder, pudiendo lo imposible,
al borde de todos los abismos.
Soy uva de un racimo que se mece mientras cantas,
soñando que cantas, sabiéndote en sueños,
transparente al trasluz tras la sábana blanca
más bella que lo real porque el sol te llena.
Soy uva que es el mundo de un mosquito que no sabe de mundos
ni de hombres, sabe ser mosquito y zumbar, alimentarse,
y dormir en el pámpano.
Soy hombre bajo un racimo y te pienso,
bajo un racimo y en la siesta solo se puede pensar en la desnudez,
y en las verdades, no hay mentiras bajo un racimo,
solo aterradoras verdades que se miran al trasluz de la uva
y se convierten en esclarecedoras aceptaciones,
la vida es aceptarlo y todo lo demás morir en vano
y escupir la uva y matar mosquitos a palmetazos
y cerrar el libro y dejar que se enfríe el café,
el sorbo de café dulce y fuerte, caliente, da vida, da certeza,
hace subir la cabeza y que dé el sol en los ojos y deslumbre,
eso no tiene precio, el sol en los ojos
que solo se puede ver algunas veces, deprisa, porque hiere
pero entera, entera de que hay tanta fuerza que nos es ajena,
tanta luz que no se puede ver. Tanto que temer y que averiguar.
Soy una uva de raíces aéreas,
en mí estallan las luces doradas de la tarde,
los sueños dulces de la siesta con algarabía de niñas en voz baja,
el dejarse vencer en la incierta sombra de la parra
digiriendo y siendo digerido con cierta lentitud agradable.
Qué regalo soñar bajo la parra con un libro abierto
y la camisa abierta y aceptando el tributo del mosquito,
la sangre regalada, su calor que sube por los dedos.
Solo me queda morir para ser vino.
Por eso escribo.

Tomás Galindo ©

Ver pasar los pájaros

Ver pasar los pájaros no es estar sin hacer nada,
es ver pasar los pájaros.
Quién dice que sea una actividad inútil
o que no sea, cabalmente, una actividad.
No, yo no soy de esos que echan el rato, la mañana,
viendo trabajar a los demás, comentando cómo va “la obra”
con los jubilados del barrio.
Yo soy más de sentarme sobre el periódico y mirar las nubes,
las hojas que lleve el viento
y es una fiesta que los pájaros desfilen ante mis ojos,
tan rectos y bien mandados unos,
los verdaderos inventores de la uve,
¡una letra natural y que además vuela!
Así nació el verbo, con esa uve de ánades airosos
escribiendo con sus plumas en el azul: V
Otros van formando nubes oscuras
que se estiran y se abomban.
De repente se achican y de repente parecen crecer,
hincharse como globos imposibles de contar.
Estos no escriben nada, más bien pretenden borrar el cielo
a negros manotazos alados.
El lagarto sale de su rendija, mira nervioso a los lados,
y decide imitarme.
Como yo, asienta con manos y pies las piedrecillas,
luego se posa (con bastante más suavidad que yo)
y levanta bien el cuello buscando el sol,
que es débil pero suficiente, con esta lenta brisa
aún sin los alfileres del otoño.
Últimamente disfruto de leer a la luz del sol,
los piratas de Sandokán son más aguerridos que con las bombillas;
-Donde ponemos las garras arrancamos lo que queremos-
y en los cottages de Devonshire las damas también se ponen a la sombra
en días así para leer novelas románticas.
Sí, la luz del sol llena de pecas la pálida tez de las ladys
y a los piratas y a mí, faltos de tanta delicadeza, nos curte y nos broncea.
A la luz del sol los libros tienen sombras,
las hojas de la acacia, que se mueven sin viento,
hacen que tenga que balancear el volumen para evitarle oscuridades,
como leería embarcado en el Pequod.
A veces es una abeja la que con su sombra va deletreando:
-Si te amase menos, sería capaz de hablar sobre ello menos.-
A veces una rapaz parece bajar a cazar perritos de lanas
en los blancos céspedes de las páginas
y hay que mirar arriba y ver a la abubilla y sonreír.
Alguien lee por encima de mi hombro,
en las ramas de la acacia, ave o ardilla, borrón inquieto cuando me vuelvo,
-dulce vecino de la verde selva,-
sé que con sus ojos no humanos es capaz de seguir mi lectura,
y que lee más deprisa que yo.
Eso le lleva a inquietarse y moverse y saltar entre las ramas,
exasperado porque tardo en pasar las páginas.
El lagarto ya está tostado de un lado
y ahora se vuelve para calentarse la cola
o quizá atento a los movimientos en la acacia.
La vida de los lagartos fronterizos a la maleza
arrostra más peligros que la de los tigres de Mompracem.
Qué suerte no tener depredadores.
Siempre no fue así, sé de muy buena tinta,
que el primero que escribió sobre una piedra
la cacería bien, ganamos a los mamuts tres a dos,
lo hizo con sangre familiar.
Ahora somos los únicos animales
que no tienen otro depredador que ellos mismos.
No sé si debe ser considerado como un avance de la especie.
El humor sí lo es.
Y el transcurrir viendo pasar pájaros
sabiendo que no he de pasar hambre ni calamidades,
que hay un plato y un pan esperándome,
como este que desmigo para dar a quien corresponda,
este montoncito que mañana ya no estará aquí
y que no sé qué tímido amigo mío aprovechará.
Me gustaría, en todo caso, dárselo en la mano, en la garra,
y decirle: toma, es mi pan, cómelo confiado,
no te haré daño.
Y verlo coger y comer mi pan.
No puedo hacerlo, son muchos años de conocernos,
ellos a nosotros, y de saber que no somos de fiar
-en el hombre existe mala levadura-,
pero me duele.
Aun así lo dejo como un rey mago su regalo, con esa ilusión.
Un ratoncito, un gorrión, un escarabajo
darán saltos de alegría y palmadas
y cantarán el villancico del hombre que lee y mira.
Da pena llegar al fin y despedirse de los amigos,
las damas un tanto cursis, los lobos de mar un tanto ebrios,
los lagartos un tanto displicentes.
Cerrar el libro no tiene otro consuelo que abrir el siguiente,
y hay tantos, ni tanta pena como saber
que no puedes leerlos todos,
que no hay tantos días como amores y aventuras y viajes.
Viajes. Pasan los pájaros, de viaje,
ellos sí viajan, miran mi tejado y yo su partida.
Algo de mí se llevan en su uve cada otoño.
Marchad, os espero a la primavera, id al calor del sol,
yo al de las chimeneas.
Vosotros que no tenéis tranvías.
Que no sabéis las calles y os sorprende
que haya puentes.
Esto es el otoño, un olor a hierba cortada,
hojas en el aire, sombras blandas que se estiran
saltando los caminos polvorosos,
el sol más grande del mundo que arde sin llama, enfrente,
entre dos cerros.
Cómo se respira en lo alto,
tanto frescor da vida, da suerte, da pensamientos,
da tanta pena irse que uno se quedaría aquí a morirse de frío y sueño
mirando. A quedarse como el pan desmigado.
Así fue como me morí, como siempre había querido.
Luego me levanté rezongando, recogí mis huesos,
-el bastón, las monedas, el llavero,-
y bajé con pasos entumecidos
a las calles, a las gentes, al tráfico,
a la ventana que da a otra ventana que da a otra ventana.

Tomás Galindo ©

Muñeca (de cierta edad)

Lo malo del tiempo no es que pase, es que se atasque
y te quedes como ballena en playa extraña,
varada en tu adolescencia,
o en los primeros años de tu vida adulta,
sin progresar hasta el hoy.
Pero ya no puedes ponerte aquellos vaqueros,
aquellos ¿recuerdas? que ya te costaba ponerte
y mucho más quitarte,
con aquella primera vergüenza,
que doblabas con cuidado sobre el asiento de atrás.
No podrías ponértelos, lo sabes.
¿Por qué no quieres saber que tampoco
aquellos besos son hoy de tu medida,
que aquel amor de dieciséis ya solo puede
vivir en latas con fotografías, en fondos de cajones?
Eh, que los príncipes se han vuelto marrones.
Tú has acabado por no quitarte las gafas, como antes,
cuando andabas tropezando con muchachos que creían
que tu mirar estaba lleno de intenciones.
Tenías un encanto, hoy tienes otro y no lo sabes.
Querrías ser la que eras
cuando me enamoré de ti.
Eso no funciona así, muñeca.
De tanto buscar los dieciséis, los perdidos dieciséis,
no te vas a encontrar con los cuarenta.
Los espléndidos, los soberanos, los hermosos,
los cuarenta tesoros que te escondes
bajo un montón de blusas y de medias
de carmines y cremas antiarrugas,
y están ahí, ornándote, enmarcándote,
a la vista, esperando a que los mires, te mires,
saborees tus hermosas imperfecciones
y cantes más alto que nadie el aria de la diva
que estoy esperando para aplaudir. Te.

Tomás Galindo ©