Relevo

Dichosos son aquellos que, amanece,
se sienten compartidos en el lecho
y excavan en las sábanas el goce
de la lisura blanda de otro cuerpo.
A estos que el día resucita en calma
y van de dos en dos por su sendero
no puede sino abrírseles las puertas,
guardarles el paraguas y el sombrero
y verles manifestar por las esquinas
el don, que a otros se niega, del misterio
antiguo viviente en los rescoldos,
de la sangre que fluye por el tiempo.
Despiertan en el lazo de los rizos,
el hueco de la sal humedecida,
las tibiedades mansas del suspiro.
Tienen raíces de árboles de carne
y tienen semilleros de jacinto
y embalsan su cabello en una arcadia
de futuros torrentes matutinos.
Los altos ventanales a que asoman
a un horizonte dan de bosque y nube
donde un clamor vibrando ya comienza,
gana sonoridad y sube y sube,
hace bailar la espiga en la llanura,
inclina al agua el junco. Hay un perfume
eléctrico de ozono y de tormenta.
El corazón es un panal que buye.
Son jóvenes, caminan de la mano,
aún me causan asombro y maravilla
y ganas de auparles, de darles de beber
el agua fresca que mana de mi herida.
Seguid, seguid, amantes, cara al viento,
pintan las rosas y canta la gravilla,
hermosos como ciervos, inocentes,
descubriendo la tarde y su vigilia.
Qué saltos mi latido en la mirada,
qué larga la esperanza que camina
las trochas sin abrir, las nuevas sendas
que auguro en mi jornada que termina.
Qué paz aquí a la sombra de mi alero.
Qué calidez de ocaso. Qué alegría.

Tomás Galindo ©

Sin necesidad

Querría que nunca me necesitaras pero
necesítame. Que fueras como la luz
que viaja siempre recta y donde no,
asombra. Como el aire que penetra
por todas las rendijas. Pero búscame
con la mano ciegamente a oscuras.
Que fuéramos barcos que apenas cruzaran
sus estelas. Pero abórdame.
Con garfios y con sables y una botella de ron.
Quisiera verte alta en la ventana
mirando al mundo con el sol de frente.
Y que fresca y desnuda te sentaras leyendo
apoyada en la almohada, entimismada.
Pero solicítame.
Ojalá fueras una isla en lejanos océanos
límpida y misteriosa con su arena sin pisar
y cocoteros frescos, sin más robinsón ni más piratas.
Ojalá me mirases arriba en la colina
y ninguno de los dos diéramos sombra,
ojalá te mirase tan de frente que no hubiera
ningún horizonte tras tu cara.
Que nunca necesites de mi boca, ni mi brazo,
ni mi coche, mi plato, ni mi lecho, pero
que eso no tenga nada que ver con comerte los pechos.
Que no tengas que volver la vista para buscarme
ni sepamos las idas y venidas, sólo los encuentros
(a media luz, a medio camino, a medio vestir)
Que nunca me necesites como yo. Pero elígeme
para la risa y para la cama y también para las penas.
Y para la vida en general. Y sobre todo
que nunca necesites que te necesite. Pero.

Tomás Galindo ©

¡Europa, Europa!

La Muerte vino despacio
con su vestido de sombras,
la luna la vio pasar
espantando a las gaviotas,
la luna bailaba lenta
en la falda de las olas.
Estaban quietos los peces
y mudas las caracolas
y el mar miraba a otro lado
por no ver la cara hosca
de petróleo y hollín
del vendedor de carroña.
La Muerte montó en la barca
y las ratas por la borda
huyeron entre chillidos
y desgarrones de estopa,
la Muerte que olía a brea
y sonaba a tripas rotas
al timón del leviatán
reía como una loca.
La barca no tiene un nombre
que la distinga en la proa,
ninguna barca lo tiene
que la distinga de otra,
ni nadie distingue a nadie
en esa negrura torva,
tienen un nombre común
y una común historia
y una casa en ningún sitio
y un horizonte de horas.
El cielo es puro carbón,
la luna, linterna sorda,
dibuja en una pizarra
contornos que se emborronan,
ojos brillando en lo oscuro
como si fuera un sola
criatura del espanto
incierta y temblorosa
que de repente se rompe
en cien siluetas brumosas.
Los niños crecen de golpe
con explosión silenciosa
de padres amordazados
y de madres que se doblan.
Son el peso de la carne
que hunde la barca en las ondas,
carga de desheredados,
equipaje de derrotas,
que por no tener, no tienen
ni cifra que los recoja.
Llevaban silencio al hombro
y una mochila de alondras,
la Muerte viajó con ellos
y los entregó a las rocas,
con su maleta de sueños
su ilusión, sus cuatro cosas,
sus verdades como puños,
nuestras mentiras piadosas.
Puestos a secar al sol
los niños parecen conchas,
los ojos llenos de sal,
la boca llena de Europa.

Tomás Galindo ©

La vida en un papel

la vida en un papel
en la medida de los termómetros y en las radiografías
la vida envuelta en sedas
la vida a rayas y a topos y a cuadros en lana y algodón
una vida financiada
a plazos
estipulada valorada tasada
y pagada en horas dias meses años
seguro que alguien tiene más vidas otras vidas que ponerse en el armario
en la caja fuerte
la vida sentada
la vida de pie
la vida desfilando yendo viniendo parando y arrancando
la vida sin parar
la que cuesta y la que duele y la que cansa y la que obliga
la vida de los otros que se ve por la ventana
la vida propia que se va por el espejo
la vida vivida a solas
y con otros
y a solas y con otros
entre risas y lágrimas mentiras y medias verdades
incluso verdades
verdades como montañas de grandes
que sólo se pueden ver de lejos
y que de cerca son otra cosa
tu suelo el cimiento de tu casa
algo transitable algo por donde pasar
la vida ante el semáforo
24 segundos de abismo
vivir la vida en retaguardia
desde las cifras y los números primos
como si tu número nunca fuera a salir del bombo
y tantos jueces midiéndola pesándola evaluándola
y diciéndote que no que no da el peso la talla la virtud
porque los jueces nunca miran a los ojos
un principal paisaje de palabras
circunda los caminos del silencio
en la vida
la vida que iba en serio y tú que te creías el rey de todo el mundo
y se te cayó la majestad con la primera hostia
ahora escatimas los instantes y los fotografías
y los vives con rabia y con gritos
y con rugidos desde la manada
la negación horizontal del sueño escapando de la vida
al abrazo del sexo y las mentiras
la vida en la madriguera y en la cueva y en la guarida
con los ojos cerrados y contando hasta ciento
la vida con miedo
el viento el puro viento que sostiene en el aire las palabras
apagando las velitas

Tomás Galindo © 

La alfombra majica

alfombrilla2016.jpgFeliz cumpleaños, le dije a mi querida alfombrilla al poner mi mano sobre ella esta mañana. Qué de añitos ya juntos, parece que fue ayer ¿recuerdas? cuando te me regalaron al comprar mi ordenador, aquel ordenador con el sistema operativo 3.11 de windows, aunque pronto lo reemplacé por el maravilloso 95. Lo que sí recuerdo fue que era en el mes de abril, el año no ¡no se puede estar en todo!
Qué de aventuras juntos, navegar por el proceloso océano internáutico, descubrir los procesadores de texto y los de tratamiento de gráficos, aquel Corel que hacía la competencia a Photoshop, las primeras páginas web… Cuánto has tenido que padecer a mi lado, golpes de ratón cuando me enfadaba, vertidos de cerveza (sin) y de té, manchurrones de chorizamen, tortillas varias, salsas, refregones con quesos, cruasanes mantequillosos y helados goteantes. Ah.
Otro ya te habría cambiado por una nueva, incluso me regalaron algunas, pero yo me resisto a no verte, como siempre, ahí, haciéndome el callo en la muñeca derecha. Como dios manda, y por muchos años.
(Nota: recordar escribir un artículo sobre el jersey Levys que compré en 1980, que está como nuevo ¡y me vale!, otro sobre la silla sobre la que me siento desde 1982, ah, y sobre el par de gafas Rayban que compré en el 77…)