Categoría: Poemas

Reflejos en un ojo morado

a ella le gustaba bailar
pero yo tengo los pies de buzo
ginger y frankenstein no hacían buena pareja
así que mientras yo me quedé
a ella los pies se la llevaron de mí al sol
de donde nunca habría vuelto
y seguiría levantando los brazos
sacudiendo las caderas
poniendo en blanco los ojos
en medio del mambo
con la melena llena de corcheas
cruce de gitana mulata y batidora
estaba tan hermosa que a veces me da pena
haberle metido una bala en las rodillas
ahora somos muy felices

T. Galindo ©

La noche entre tus manos

 

La noche entre tus manos, qué de nardos,
qué sábanas de lava, cómo el gesto
del cabello a la luz y la ventana
revuelo de palomas ateridas,
la calle y su canción, cacofonías
de viento en las acacias, dulcemente
el ámbar de la gota en la mejilla
saladamente ungida, y en los párpados
temblores exquisitos. Te recojo
en un pañuelo, te recorro, busco
las hirvientes laderas de espumosas
fontanas manando vientre abajo,
vorágine del centro de las cosas,
vorágine del centro de las rosas,
un aleteo, un pulso, un pestañeo,
afirman las presencias, el contacto
gravitacional, somos dos planetas
girando satélites, dos cuerpos
celestes, que colisionan lentos
en un cielo tan blanco, tan süave.
Es un segundo apenas, un segundo,
es un blando big bang, una callada
tormenta azul de mansos alacranes
y vuelve y va y suspira y aún viene
marítima bonanza, olas sedosas,
saltarines delfines de los pechos,
y todo bajo el agua, submarino,
es otro mundo sin ruidos ni fronteras,
huída e inmersión, prófugos somos
del balcón, la puerta, la escalera,
con los ojos cerrados, con la boca
aspirando los vientos de otra boca,
entre peces y algas y almohadones
húmedos de sudor, saliva, sal
derramada del cuerpo y a los mares
que somos, pues somos mares también.

Las manos ya quietas, el suave viento
no suena ya las hojas, apagados
los ruidos se diluyen en lo oscuro,
la calma son dos pies entrelazados,
y la respiración de los cachorros.
La vida fue hasta aquí, llegó otra cosa
y nadie sabe qué. Luego amanece.

Tomás Galindo ©

Sujetos perdidos

He encontrado un hombre perdido en la calle,
lo llevo a la oficina de sujetos perdidos.
Creí que se trataba de algo extraordinario
y no. Hay muchos. A este lo han puesto
en la estantería de recientes,
se ve que conforme pasa el tiempo
es más difícil que los recuperen
y los van echando para atrás.
Hay una para jubilados con petanca,
está la de abuelas cuyos nietos crecieron,
otra de padres de familia que, por lo visto,
no reconocen a su familia cuando se sientan a comer,
o la de madres arrepentidas.
Este hombre solo soltaba alguna lagrimita,
se le ve discreto y limpio y con corbata.
Nunca he entendido cómo la gente
puede dejarse personas así olvidadas en mitad de la calle
¡otros para sí los quisieran!
Estaba prácticamente a estrenar.
¿Sabes que te dan un recibo?

T. Galindo ©