Categoría: Poemas

Recóndita armonía

 

Recóndita armonía que del silencio nace
y que al silencio explica por obra de la luz,
azagaya de sol que corta de la sombra
el polvo de las hadas que flota en la quietud,
una pluma en el aire que se desliza lenta,
un péndulo que apenas se atreve a susurrar
y el labio en el oído que aún no dice nada,
el cuello que se vuelve cisne en la oscuridad.
Los álfiles desfilan por suelos espejados,
la mano que me tiendes de nieve por caer
no sé si te precede o me detiene acaso,
siempre es una promesa, nunca acaba de ser.
Te sigo entre lo oscuro tan blanca como un rayo,
no hacen ruido los pasos, acaso el corazón
metrónomo de sangre invade los espacios,
las salas, las columnas altas de la pasión.
Eres tan blanca y lenta como el deshielo,
eres tan honda y grave como ese afán
que tienen los delfines por desatarse
de la diosa virgen del norte que con su imán
los tiene prisioneros en una brújula de oro.
También quisiera irme, vagar por ventisqueros,
en pos de la silueta blanca y lenta que va
abriéndose en la noche de la luna de plata
caminos de silencio que me llaman a un mar
de témpanos que hablan sonidos de cristal.
Allá voy, pronunciando sal en cada palabra,
me deslizo en un tiempo que no tiene relojes,
todo es la maravilla de quietud blanca y negra,
se murieron los grises, los ruidos, las voces,
los cisnes en silencio dibujan oes mágicas
y sabemos que existe un violín que no se oye.

T. Galindo

Reflejos en un ojo morado

a ella le gustaba bailar
pero yo tengo los pies de buzo
ginger y frankenstein no hacían buena pareja
así que mientras yo me quedé
a ella los pies se la llevaron de mí al sol
de donde nunca habría vuelto
y seguiría levantando los brazos
sacudiendo las caderas
poniendo en blanco los ojos
en medio del mambo
con la melena llena de corcheas
cruce de gitana mulata y batidora
estaba tan hermosa que a veces me da pena
haberle metido una bala en las rodillas
ahora somos muy felices

T. Galindo ©

La noche entre tus manos

 

La noche entre tus manos, qué de nardos,
qué sábanas de lava, cómo el gesto
del cabello a la luz y la ventana
revuelo de palomas ateridas,
la calle y su canción, cacofonías
de viento en las acacias, dulcemente
el ámbar de la gota en la mejilla
saladamente ungida, y en los párpados
temblores exquisitos. Te recojo
en un pañuelo, te recorro, busco
las hirvientes laderas de espumosas
fontanas manando vientre abajo,
vorágine del centro de las cosas,
vorágine del centro de las rosas,
un aleteo, un pulso, un pestañeo,
afirman las presencias, el contacto
gravitacional, somos dos planetas
girando satélites, dos cuerpos
celestes, que colisionan lentos
en un cielo tan blanco, tan süave.
Es un segundo apenas, un segundo,
es un blando big bang, una callada
tormenta azul de mansos alacranes
y vuelve y va y suspira y aún viene
marítima bonanza, olas sedosas,
saltarines delfines de los pechos,
y todo bajo el agua, submarino,
es otro mundo sin ruidos ni fronteras,
huída e inmersión, prófugos somos
del balcón, la puerta, la escalera,
con los ojos cerrados, con la boca
aspirando los vientos de otra boca,
entre peces y algas y almohadones
húmedos de sudor, saliva, sal
derramada del cuerpo y a los mares
que somos, pues somos mares también.

Las manos ya quietas, el suave viento
no suena ya las hojas, apagados
los ruidos se diluyen en lo oscuro,
la calma son dos pies entrelazados,
y la respiración de los cachorros.
La vida fue hasta aquí, llegó otra cosa
y nadie sabe qué. Luego amanece.

Tomás Galindo ©

Sujetos perdidos

He encontrado un hombre perdido en la calle,
lo llevo a la oficina de sujetos perdidos.
Creí que se trataba de algo extraordinario
y no. Hay muchos. A este lo han puesto
en la estantería de recientes,
se ve que conforme pasa el tiempo
es más difícil que los recuperen
y los van echando para atrás.
Hay una para jubilados con petanca,
está la de abuelas cuyos nietos crecieron,
otra de padres de familia que, por lo visto,
no reconocen a su familia cuando se sientan a comer,
o la de madres arrepentidas.
Este hombre solo soltaba alguna lagrimita,
se le ve discreto y limpio y con corbata.
Nunca he entendido cómo la gente
puede dejarse personas así olvidadas en mitad de la calle
¡otros para sí los quisieran!
Estaba prácticamente a estrenar.
¿Sabes que te dan un recibo?

T. Galindo ©