Archivo de la categoría: Poemas

¡Europa, Europa!

La Muerte vino despacio
con su vestido de sombras,
la luna la vio pasar
espantando a las gaviotas,
la luna bailaba lenta
en la falda de las olas.
Estaban quietos los peces
y mudas las caracolas
y el mar miraba a otro lado
por no ver la cara hosca
de petróleo y hollín
del vendedor de carroña.
La Muerte montó en la barca
y las ratas por la borda
huyeron entre chillidos
y desgarrones de estopa,
la Muerte que olía a brea
y sonaba a tripas rotas
al timón del leviatán
reía como una loca.
La barca no tiene un nombre
que la distinga en la proa,
ninguna barca lo tiene
que la distinga de otra,
ni nadie distingue a nadie
en esa negrura torva,
tienen un nombre común
y una común historia
y una casa en ningún sitio
y un horizonte de horas.
El cielo es puro carbón,
la luna, linterna sorda,
dibuja en una pizarra
contornos que se emborronan,
ojos brillando en lo oscuro
como si fuera un sola
criatura del espanto
incierta y temblorosa
que de repente se rompe
en cien siluetas brumosas.
Los niños crecen de golpe
con explosión silenciosa
de padres amordazados
y de madres que se doblan.
Son el peso de la carne
que hunde la barca en las ondas,
carga de desheredados,
equipaje de derrotas,
que por no tener, no tienen
ni cifra que los recoja.
Llevaban silencio al hombro
y una mochila de alondras,
la Muerte viajó con ellos
y los entregó a las rocas,
con su maleta de sueños
su ilusión, sus cuatro cosas,
sus verdades como puños,
nuestras mentiras piadosas.
Puestos a secar al sol
los niños parecen conchas,
los ojos llenos de sal,
la boca llena de Europa.

Tomás Galindo ©

La vida en un papel

la vida en un papel
en la medida de los termómetros y en las radiografías
la vida envuelta en sedas
la vida a rayas y a topos y a cuadros en lana y algodón
una vida financiada
a plazos
estipulada valorada tasada
y pagada en horas dias meses años
seguro que alguien tiene más vidas otras vidas que ponerse en el armario
en la caja fuerte
la vida sentada
la vida de pie
la vida desfilando yendo viniendo parando y arrancando
la vida sin parar
la que cuesta y la que duele y la que cansa y la que obliga
la vida de los otros que se ve por la ventana
la vida propia que se va por el espejo
la vida vivida a solas
y con otros
y a solas y con otros
entre risas y lágrimas mentiras y medias verdades
incluso verdades
verdades como montañas de grandes
que sólo se pueden ver de lejos
y que de cerca son otra cosa
tu suelo el cimiento de tu casa
algo transitable algo por donde pasar
la vida ante el semáforo
24 segundos de abismo
vivir la vida en retaguardia
desde las cifras y los números primos
como si tu número nunca fuera a salir del bombo
y tantos jueces midiéndola pesándola evaluándola
y diciéndote que no que no da el peso la talla la virtud
porque los jueces nunca miran a los ojos
un principal paisaje de palabras
circunda los caminos del silencio
en la vida
la vida que iba en serio y tú que te creías el rey de todo el mundo
y se te cayó la majestad con la primera hostia
ahora escatimas los instantes y los fotografías
y los vives con rabia y con gritos
y con rugidos desde la manada
la negación horizontal del sueño escapando de la vida
al abrazo del sexo y las mentiras
la vida en la madriguera y en la cueva y en la guarida
con los ojos cerrados y contando hasta ciento
la vida con miedo
el viento el puro viento que sostiene en el aire las palabras
apagando las velitas

Tomás Galindo © 

El sol

El sol, aun mortecino, deslumbra.
Hacia el crepúsculo caminamos,
cansados, sin apenas mover los brazos,
al hombro un equipaje pesado.
El silbo del caminante ya no suena,
aquella grata canción que aliviaba
fríos y calores, tormentas y vendavales,
calló, y es monotonía de la pisada en la grava
una y otra vez, discordante ruido.
El alegre chirrido del grillo
quedó atrás con los verdes pastos,
como el zumbido de la dorada obrera.
Qué mínimo reflejo de sol cargó la abeja
y se llevó con ella a nuestra espalda.
Dan ganas de dejar la carga,
de quitarse la camisa y de exponer las carnes
por un minuto al frío que acobarda,
porque uno sabe que crea su calor,
su propio calor, con el paso cansino e incesante,
y que el cansancio abriga
y que parar es rendirse al frío y al camino.
Hacia el crepúsculo,
buscando una respuesta,
pero sobre todo
buscando una pregunta.
Dime ¿tú recuerdas cómo era el amor?
Para quitarse el lastre y dejarse vencer y descansar
tiritando de frío,
sonriendo
al fin.

Tomás Galindo ©